Tiempos de cambio

Publicado en Expansión

Aunque la alternancia sea casi siempre sana (salvo casos calamitosos…), decía San Ignacio que en tiempos de tribulación no conviene hacer mudanza. El presidente entrante, el del sí de los militantes y el no de los votantes, hasta ahora despreciado por sus adversarios, tiene un historial (por llamarlo de algún modo) que invita a la preocupación: carente de ideas, errático y aupado por todos los partidos enemigos de España, de la ley y de la libertad, aparenta pertenecer al ala radical del socialismo y no dudó, de la forma más sectaria, en proponer crear un delito de opinión castigado con pena de cárcel hace sólo un par de meses (en el totalitario proyecto de reforma de la ley de Memoria Histórica). Parece que durante su mandato se inclinará por aplicar un poco de cosmética para intentar ofrecer una imagen más presidenciable. Sin embargo, a tenor de sus palabras y actos del pasado más reciente, no es descartable (lo cual es gravísimo) que tras las elecciones, si puede y le conviene, acepte un Frente Popular Bolivariano que hundiría el país. Una ruleta rusa, vaya.

Pero tornemos a los salientes. A Winston Churchill no le preocupaba el juicio de la Historia: “la historia me tratará con amabilidad, pues pienso escribirla yo”. Enjuiciándose a sí mismo de forma benevolente, el ya expresidente saliente se ha despedido de la política, lo que creo redundará, por orden de importancia, en beneficio del país y de su partido. Su sucesión no es fácil: inmerso en casos judiciales como otros partidos (en el índice de percepción de corrupción elaborado por Transparency International, España ha empeorado en estos años pasando del puesto 31 al puesto 42 del mundo, peor que 2 países africanos y 4 islas caribeñas), vaciado de proyecto político y objeto de sucesivas purgas, su partido ha sufrido una demolición tan sistemática (reflejada en las encuestas) que parece hecha por un topo en misión de sabotaje. A sus votantes, despreciados, traicionados y sin ilusión, se les venía exigiendo el voto esclavo, llamado útil (útil para que permanecieran en el poder), que ya había dejado de surtir efecto. Evitando los frecuentes ejercicios de análisis emocional y partidista, sea complaciente o crítico, me gustaría analizar algunos aspectos del legado de estos últimos años.

Comencemos por la economía. En ausencia de reformas estructurales profundas (reducción de impuestos y burocracia y mejora de la seguridad jurídica), los ciclos económicos tienen vida propia y los políticos de cada país se limitan, generalmente, a surfear la ola que les toque. Al dañino expresidente-sonriente (ZP, el de la vuelta a la Guerra Civil) le tocó una crisis, larvada desde nuestra entrada en el euro, que le vino grande, y su sucesor, el expresidente-ausente (Rajoy) heredó una situación compleja de la que nos hemos recuperado parcialmente, como la mayoría de los países, más por el sostén artificial de los bancos centrales que por otra cosa. El desempleo ha disminuido del 23% al 16% (todavía inaceptable – en la UE es un 7%); a efectos comparativos, en Letonia, con sus políticas de austeridad, el paro ha pasado del 21% al 8%. Gracias sobre todo a la capacidad de adaptación de nuestros empresarios, el número de afiliados a la Seguridad Social ha crecido, aunque a un ritmo de sólo el 1% anual. También hemos mejorado nuestra competitividad relativa y la facilidad para hacer negocios, donde hemos pasado del puesto 42 del mundo al 34 y 28, respectivamente (la minireformita laboral contribuyó a ello), y el rescate europeo (sí, hubo rescate) de la quebrada banca pública (otro efecto del desastre del Estado de las Autonomías) ha sido positivo. Sin embargo, nuestra situación continúa siendo muy frágil. Con déficits constantes e incumplimientos sistemáticos de las previsiones y promesas hechas a la UE, la deuda pública ha aumentado desde el 70% al 100% del PIB, a pesar de que las pensiones se han mantenido de facto congeladas (el 0,25% anual son 2 euros más al mes). Por cierto, el PP ganó las elecciones del 2011, entre otros motivos, por oponerse de forma populista a la congelación de las pensiones públicas realizada en un momento de emergencia económica nacional; una vez en el poder, las mantuvo congeladas y, engañando doblemente a sus votantes (a los que había prometido lo contrario), protagonizó la mayor subida de impuestos de los últimos 40 años, un ejemplo más de una gestión hacendística que ha causado un enorme daño a la seguridad jurídica, con su constante cambio de normas, su interpretación arbitraria de las mismas, y la condena al contribuyente a la indefensión frente al abuso recaudador.

Desde el punto de vista político, el gobierno saliente ha parecido más interesado en ocupar el poder que en gobernar, en estar, más que en hacer, y le ha faltado visión y arrojo, carencias que la corte habitual de aduladores tildaba de “manejo de los tiempos” propios de un estratega (¡qué imaginación!). Lega, heredados o creados, tres importantes problemas.

El primero es la insurrección catalana, aún en curso, cuya causa remota es el cortoplacismo y la dejación de responsabilidades de todos los gobiernos centrales de la democracia y cuya causa más próxima es el Estatuto jaleado por Zapatero y los dos referendos ilegales permitidos por Rajoy, de los que el último tuvo que ser respondido por el Rey, el poder judicial, la Guardia Civil y la sociedad civil ante la inacción de un gobierno que no había movido un solo dedo (prueba de su clamorosa falta de preparación fue la absoluta sorpresa con que a las 8:30 de la mañana del 1-O Moncloa recibe la noticia de que la Guardia Civil, motu proprio, ha impedido el acceso de los independentistas al censo electoral). La misma noche de autos el expresidente seguía aludiendo al “diálogo” y en los días siguientes castigó el firme discurso del rey con un sorprendente silencio. Desde entonces, la abúlica dejación de funciones gubernamental en el exterior ha permitido que los separatistas ataquen con saña la reputación de nuestro país con una propaganda nauseabunda. Cuando un tribunal regional alemán faltó al respeto a nuestro Tribunal Supremo y una ministra alemana acusó a España de no ser un país libre, el gobierno también calló.

El segundo es que hoy el 30% de los diputados del Congreso pertenecen a partidos subversivos. Buscando el voto del miedo de forma irresponsable, el gobierno saliente ha fomentado el crecimiento del partido leninista aparentemente facilitándole el acceso a los medios de comunicación, silenciando su génesis bolivariana y no haciéndole crítica alguna. En perfecta simbiosis, los comunistas-leninistas y  el expresidente se nutrían mutuamente. De hecho, el PP ha priorizado la defensa de su espacio político frente a la defensa de la nación, tratando con mucha mayor dureza al competidor naranja (sí, inconsistente, oportunista y veleta, pero no subversivo) que al partido leninista, al que apenas criticaba a pesar de ser la mayor amenaza a la libertad de España desde 1981.

El tercero es la consolidación de las sectarias leyes de ingeniería social de Zapatero que el PP ha hecho propias (entre ellas, los totalitarismos de la Memoria Histórica y la ideología de género). Todo ello ha convertido extrañamente a este partido en cómplice (por desidia, cobardía o afinidad ideológica) de un proceso de corrosión de nuestro sistema de libertades que tendrá consecuencias, como las tendrá la oportunidad desperdiciada, con mayoría absoluta, para realizar reformas estructurales de calado.

La situación actual proviene de la creación o irresolución de estos problemas en los últimos años, por lo que ahora encaramos una situación política enormemente frágil en la que necesitamos que nuestros políticos hagan un ejercicio de responsabilidad. Debe primar el interés general, si es que saben lo que es.

 

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

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