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Economía

¿Y si vuelve la peseta?

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

23 de enero de 2012

La situación en Europa es muy preocupante y debemos analizarla con realismo. No se trata de discutir lo que debería ser o lo que nos gustaría que fuera, sino lo que es.

Para tener perspectiva conviene recordar que una gran parte de la construcción europea y muy en particular el euro es un invento de políticos, no de técnicos o de economistas. Francia fue siempre la gran impulsora de las sucesivas etapas de integración europea, donde ella se veía como líder aprovechando fundamentalmente el músculo alemán.  Se atribuye a De Gaulle la descriptiva frase: “Francia debe ser el jinete y Alemania el caballo”. De este modo, los franceses posiblemente  trataban de impedir que la corriente implacable de la Historia se llevara la grandeur río abajo, hacia los remansos donde languidecen los imperios del pasado. En definitiva: el euro como proyecto político y Francia como principal adalid de Europa.

Al grano. Aclaremos desde el comienzo que una unión comercial sin aranceles y la libre circulación de personas, mercancías y capitales  constituye un sistema extraordinario  y un modelo de cooperación internacional. Todo ello implica libertad y, por tanto, prosperidad. Hasta aquí, todo perfecto. No obstante, a la vista de los resultados, la idea de una moneda única quizá ha sido un experimento político precipitado e imprudente.

La propaganda oficial presentó el euro como un beneficio indiscutible para todos los países que entregaran sus monedas nacionales y la soberanía de su política monetaria. Sabemos que la lista de promesas incumplidas por los políticos no es corta (ni entonces ni estos días, sin ir muy lejos). ¿Han cumplido los políticos europeos con lo que prometieron respecto al euro? Prometieron más crecimiento;  sin embargo, en la década del euro Europa ha crecido la mitad que la década inmediatamente anterior y una tercera parte que la de los 80 (no establezco relación causa-efecto; tan sólo pongo de manifiesto el dato). Prometieron convergencia: sin embargo los diferenciales de inflación y productividad han persistido desde 1999. Prometieron que el euro mejoraría aún más las relaciones entre los países europeos después de siglos de enfrentamientos; sin embargo, puede ahora precisamente el euro convertirse en el causante de la mayor escalada de tensión entre países europeos desde el final de la guerra fría.

Por otro lado, aparte de los problemas del euro,  Europa está deslizándose alarmantemente hacia aguas peligrosas. Primero, la “construcción europea” está tomando tintes poco democráticos. Cuando Giscard (francés, naturalmente) presentó “su” Constitución Europea, sólo diez de los miembros de la UE pensaron en convocar referéndum para pedir permiso a sus ciudadanos. De los tres que votaron primero (excluyo Luxemburgo por tamaño), dos votaron en contra, precisamente los dos con mayor participación ciudadana en la consulta (Francia y Países  Bajos).  En  ese  momento,  con  un  texto  prácticamente  idéntico,  la  clase  dirigente europea cambia el nombre del documento y su proceso de aprobación y, mágicamente, ya sólo un país queda obligado a convocar referéndum: Irlanda. De nuevo, gana el no. Esta vez, Bruselas directamente se niega a aceptar el resultado. Entre amenazas muy poco veladas y aprovechando la profundísima crisis financiera irlandesa, obliga a repetir la consulta hasta conseguir el  resultado  apetecido.  ¿Qué  significaba entonces  exactamente el artículo 1  de aquella constitución: “La presente Constitución, que nace de la voluntad de los ciudadanos…”?

En segundo lugar, los gobiernos europeos se están acostumbrando a incumplir las normas con total impunidad, demostrando poco apego al imperio de la ley. Las famosas reglas de Maastricht, que establecían límites a déficit y deuda públicos, fueron incumplidas por sus principales promotores, Francia y Alemania, tan sólo cuatro años después de estar en vigor el euro; hoy en día las incumplimos prácticamente todos. El Tratado de Lisboa prohíbe expresamente a los países miembros responder de las deudas de otros países; a pesar de ello, se está garantizando la deuda de países periféricos y se habla de eurobonos. Por último, la compra de bonos del Banco Central Europeo, focalizada en aquellos países con menor calificación crediticia, y su “ilimitada” provisión de liquidez al sistema bancario bordea, por decirlo suavemente, los límites de su misión.

Si quieren credibilidad, nuestros mandatarios europeos deben ser más serios. Se reúnen cada mes para solucionar lo que aseguraron estaba definitivamente solucionado el mes anterior. Y al finalizar cada reunión, nos miran con gran aplomo a través de la cámara y nos dicen: ¿a quién crees, a mí o a tus propios ojos? No pueden pretender forzar a la realidad a adecuarse a sus sueños políticos. Es al revés.

Las  agencias  de  rating  tienen  defectos  y  limitaciones  y  son  generalmente  un  indicador atrasado. Pero culparles del pecado de ser norteamericanas y proponer la creación de una agencia de rating europea no es serio: es ridículo. Tanto como culpar al espejo de nuestro aumento de peso. Estas mismas agencias fueron acusadas por estos mismos políticos de ser demasiado complacientes con las calificaciones crediticias de la burbuja cuando afectaban al sector  privado.  Ahora  les  acusan  de  lo  contrario:  de  ser  demasiado  exigentes.  ¿Cuándo? Cuando las calificaciones afectan al sector público, es decir, a su gestión. Los chinos, poco sospechosos  de  ser  norteamericanos,  tuvieron  hace  dos  años  la  idea  de  crear  su  propia agencia de rating, Dagong Global. Ésta ha otorgado en general peores calificaciones crediticias sobre la zona euro que S&P hasta la semana pasada, cuando se han equiparado más; ojo avizor: aún hoy, hasta donde yo sé, la agencia china tienen peor opinión de Holanda, Francia y Alemania que las malvadas agencias yanquis. No nos dejemos manipular: los mercados no son el enemigo. De hecho, los mercados son muchas veces la última línea de defensa de los ciudadanos,  cada vez más impotentes e indefensos, frente a la frivolidad y el despilfarro de nuestros políticos. Al final, los mercados son el mecanismo de control menos corruptible por los políticos.

También está de moda hablar de contagio. Ya saben, primer curso de cómo ser buen político: “todo  lo  bueno  que  pasa  es  gracias  a  mí;  todo  lo  malo  es  culpa  de  otros”.  El  contagio presupone  una  persona  enferma,  que  contagia,  y  una  persona  perfectamente  sana,  que resulta contagiada. La persona sana sería completamente inocente: simplemente pasaba por ahí. La realidad es que no hemos sido contagiados por nadie: estábamos ya enfermos.

El euro es una moneda muy frágil. Fue creado con graves deficiencias que pasaron desapercibidas durante los tiempos de bonanza.   Pero lo más delicado es que una unión monetaria de países tan heterogéneos difícilmente funciona sin una unión económica y fiscal. Y una unión económica y fiscal no puede darse si no hay un sentimiento de unidad nacional que haga aceptable para los habitantes de las zonas más prósperas la transferencia de fondos a las zonas menos prósperas. Veo muy difícil que eso se dé en Europa. La unión comercial de Europa es una realidad; la unión política, no.

El ministro alemán de Finanzas, Herr Schäuble, afirmaba hace poco en una entrevista con Der Spiegel que Alemania no iba a salvar otros países a cualquier precio. Der Spiegel le preguntaba: “¿Y entonces qué ocurrirá?” Lean detenidamente la respuesta del alemán: “No hay necesidad de  especular  sobre  eso.  De  todos  modos,  seríamos  un  Gobierno  extraño  si  no  nos preparáramos  para  todas las  eventualidades,  por  improbables  que  éstas  sean”.  Sugiero  a nuestro Gobierno que haga exactamente lo mismo.

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