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Economía

Sin paro, sin corrupción y sin impuestos: el éxito del que huimos

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

14 de abril de 2015

En 1959 sendas personas llegaron al poder en dos países lejanos, y ambas permanecieron en el poder durante décadas. Aplicaron políticas diametralmente opuestas y obtuvieron resultados completamente diferentes. Uno de ellos logró un éxito espectacular mientras que el otro fracasó absolutamente, sin excusas ni atenuantes. Hablaré extensamente del primero y muy poco del segundo. El primero de ellos es Lee Kuan Yew, una de las figuras políticas más sobresalientes del s.XX, Primer Ministro de Singapur desde su independencia y durante 31 años (1959-1990). Hombre fuerte hasta su reciente fallecimiento, transformó lo que era un país pobre del Tercer Mundo en uno de los países más ricos y desarrollados del planeta en poco más de una generación. Situado en el sudeste asiático, Singapur, de cinco millones de habitantes, no tenía recursos naturales y su situación geográfica como puerto natural de paso no suponía una ventaja competitiva respecto de sus muchos vecinos. Lo que sí supuso una diferencia fue que Lee Kuan Yew decidió utilizar la fórmula del éxito, esto es: libertad de mercado, impuestos bajos, imperio de la ley y escaso peso del Estado.

Fíjense en el resultado. Hoy, Singapur tiene una renta per capita superior a la de los EEUU y el doble que la española, y es el país número uno del mundo en facilidad para crear empresas y hacer negocios, mientras que España se sitúa en el puesto 33, entre Polonia y Colombia. Singapur es el 7º país menos corrupto del mundo, inmediatamente detrás de Suiza y los países nórdicos, mientras que España se sitúa en el número 37, seis puestos por debajo de Botswana. Singapur tiene la mejor Sistema de Salud del mundo, según el ranking anual de Bloomberg, mientras que nuestro país ocupa el puesto 14. En cuanto a la educación, Singapur se coloca de nuevo en el número 1 del mundo en el informe PISA, mientras que España se tiene que conformar con el puesto 29. En Singapur los impuestos son muy bajos: los que cobran 25.000 euros al año pagan un tipo del 1% de IRPF (sí, lo han leído bien, un 1%, frente al 24% que pagan en España), los que cobran 50.000 euros al año pagan un 4% de IRPF (en España, un 30%), los que cobran 100.000 euros al año pagan menos de un 9% (en España, un 43%) y el tipo marginal máximo es del 20% (en España, un 56% en la insurrecta región catalana). Las plusvalías están exentas (en España pagan un 24%), el IVA es del 7% (en España, un 21%) y naturalmente no existe ni impuesto de sucesiones (que en algunas regiones españolas llega al 41% sobre la herencia) ni de patrimonio (abolido en todo el mundo salvo Francia, pero que en las regiones españolas más pobres y atrasadas llega al 3,75% anual sobre el patrimonio, casi el triple que en Francia, único país desarrollado que lo mantiene). Éstos son los datos.

Lee Kuan Yew no nació siendo liberal. En sus primeros años tonteó con el espejismo del socialismo, pero pronto su marcada inteligencia y su legendario pragmatismo le llevaron a hacer de Singapur una de las economías más libres del mundo aprovechando la globalización en vez de quejarse de ella, como hace esa vieja desdentada llamada Europa. Atrajo a los puestos de responsabilidad pública a los mejores, exigiendo elevada cualificación e intachable integridad y pagando salarios competitivos con los del sector privado, logrando un gobierno limpio y eficiente. En España, por el contrario, hemos creado un pantano de aguas estancadas y corrompidas superpoblado de responsables políticos de mediocridad creciente. El actual Primer Ministro de Singapur se licenció en Cambridge con honores, hizo un Master In Public Administration en Harvard y habla inglés, chino mandarín y malayo con fluidez ,además de tener conocimientos de ruso. Comparen este perfil con lo que hemos tenido y tenemos aquí.

Incorruptible, Lee Kuan Yew supo hacer entender que la ley estaba para ser cumplida por todos, gobernantes incluidos, sin excusas y sin excepciones. En España, en cambio, la ley no se aplica por igual ni a todos los ciudadanos ni a todos los territorios, el poder judicial está en gran medida politizado y las normas no sólo son arbitrarias, sino que cambian constante y caprichosamente. Singapur ha mostrado el camino hacia una sociedad donde el desempleo y la pobreza prácticamente no existen, donde no hay corrupción, donde la ley se cumple escrupulosamente y donde sus ciudadanos se sienten orgullosos de pertenecer a un proyecto común. Algunos observadores occidentales, que aparentan idolatrar la democracia con el mismo celo con que atacan la libertad, se encuentran perplejos ante tal éxito y sienten la necesidad de enfocarse en aspectos políticos que ponen de manifiesto la dureza de algunas de sus leyes y la falta de alternancia política, a pesar de celebrarse elecciones. En Andalucía, donde los socialistas llevarán gobernando ininterrumpidamente 41 años al final del actual mandato, tampoco ha habido alternancia, pero a diferencia de Singapur, hay paro, pobreza, corrupción e incultura, y una renta per capita inferior a la de Grecia y similar a la de Guinea Ecuatorial.

Sin duda, Lee Kuan Yew era un entusiasta del gobierno limpio y eficiente, del orden social, de la responsabilidad individual, del respeto a la ley y del trabajo duro y honrado, pero también se mostraba escéptico con el sufragio universal y con la libertad de expresión si ésta atacaba sus principios y amenazaba destruir sus logros. Naturalmente el éxito de cualquier sociedad no es mérito exclusivo de su líder sino también y sobre todo de sus ciudadanos, y aún exitoso, ningún país está libre de defectos y carencias, en ocasiones importantes. Singapur, desde luego, no es una excepción.

Termino ya. La otra persona que llegó al poder en 1959 fue un oportunista disfrazado de salva patrias, y el desafortunado país al que llegó es Cuba. Por aquel entonces La Habana era una ciudad mucho más moderna que Miami, según atestigua Fernández-Pujals en sus memorias. Pues bien: el nuevo líder decidió aplicar el socialismo a rajatabla (a todos menos a sí mismo, como siempre ocurre). Comparen hoy La Habana con Miami y observen el inexorable resultado de varias décadas de socialismo: un país del que el 10% de su población ha decidido huir aun a riesgo de su vida, un país sumido en la pobreza, hundido económica y socialmente, anegado por los lodos putrefactos de la tiranía marxista.

Tenemos cincuenta y cinco años de experimento comparado: por un lado, el éxito de una libertad de mercado extrema y, por otro, el fracaso total, sin paliativos, del socialismo extremo. Y, sin embargo, negando toda evidencia, enfermos de ideología y de ignorancia, en España seguimos sin poner rumbo al éxito probado de la libertad de mercado, los impuestos bajos y la seguridad jurídica. Aquí nadie conoce a Lee Kuan Yew y ningún partido propone su programa económico; sin embargo, todos conocen a Fidel Castro y tenemos a un nuevo partido jeta-marxista al que le encantaría aplicar el modelo cubano en nuestro país.

Siguiendo las emocionadas palabras de despedida pronunciadas por su hijo, Lee Kuan Yew “consiguió lo que parecía imposible”. También podríamos lograrlo en España, pero carecemos de líderes de altura. Me pregunto si también habremos perdido la necesaria capacidad de sacrificio y la voluntad de responsabilizarnos de nuestras propias vidas.

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