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Política

Seguridad sin responsabilidad, un camino de servidumbre

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

14 de marzo de 2017

El ser humano se siente incómodo con la incertidumbre, que sin embargo es ley de vida. Por ello, aunque la razón le dicte que la promesa de seguridad suele ser una falacia, un escurridizo espejismo, un señuelo, el irresistible atractivo de la misma como medio para superar la incertidumbre la convierte en eficaz palanca de manipulación política. Sabiéndolo, el Estado de Bienestar ofrece al pueblo una quimérica seguridad a cambio de que éste le entregue su libertad y su dinero (en España, el 65% de lo que usted gana, si sumamos todos los impuestos). El resultado final de este trueque será, como en el comunismo, la servidumbre y la pobreza.

Pero hay más: aunque la seguridad fuera alcanzable, en muchas ocasiones sería perniciosa, porque a menudo la percepción de seguridad empuja al hombre a olvidar su responsabilidad. Imagínense, por ejemplo, que inventaran una pastilla que eliminara los efectos inmediatos y visibles de la ingesta excesiva de alcohol: bebo, me desinhibo, y antes de volver a casa me zampo la pastilla. No más preocupación por los controles, no más accidentes, no más resacas. ¿Aumentaría o disminuiría el consumo de alcohol? ¿Y los casos de cirrosis? Luego la sensación de seguridad lleva en muchas ocasiones aparejada la renuncia a la responsabilidad, y como sin responsabilidad no hay libertad, libertad y “seguridad” se convierten frecuentemente en incompatibles.

Las actuales economías intervenidas ofrecen multitud de seguridades ficticias que promueven la irresponsabilidad y aumentan el riesgo sistémico. Cuando el BCE da la seguridad de “hacer lo que haga falta”, los gobiernos entienden que ya no es su responsabilidad poner sus cuentas en orden y acometer las necesarias reformas estructurales, y el déficit y la deuda pública siguen aumentando sin control. Cuando el Estado “garantiza” los depósitos (a través del ornamental fondo de garantía de depósitos) o fomenta bancos “demasiado grandes para dejarlos caer”, aumenta la fragilidad del sistema y fomenta la huida hacia delante de las entidades peor gestionadas que confiarán en la garantía estatal. Ya saben que la propaganda repite que las crisis son siempre culpa del exceso de libertad y que nuestros salvadores, los burócratas y los políticos (bien conocidos por su altruismo e infalibilidad), nos salvan arrebatándonosla. Pero no olviden que en la génesis de la crisis financiera norteamericana del 2008 se encuentra la quiebra de dos compañías semi-estatales gigantes, Fannie Mae y Freddie Mac, que, por contar con la falsa seguridad que propiciaba la garantía implícita del gobierno norteamericano, se apalancaron 75 a 1 comprando irresponsablemente a las entidades financieras las hipotecas más arriesgadas. Por último, la paradigmática “Seguridad Social” (la mayor estafa piramidal de la Historia), es ejemplo claro: el Estado decide que no sabemos responsabilizarnos de nuestra propia vida (y la gente acaba creyéndoselo), nos quita el 38% de nuestro salario y nos coloca en una relación de absoluta dependencia de la oligarquía de turno (objetivo buscado por ésta, claro está).

La falta de responsabilidad ligada al espejismo de seguridad aparece en ámbitos muy diversos. Cuando en un viaje a África el papa Benedicto XVI hizo un llamamiento a la conducta sexual responsable y afirmó que el SIDA no se resolvía “con la distribución de condones” porque esto “agravaba el problema”, los medios y lobbies cristianófobos habituales comenzaron de inmediato a convulsionar echando espumarajos por la boca (como siguen haciendo hoy en día, por cierto, cada vez que un responsable de la jerarquía católica hace uso de su libertad de expresión para defender su fe), y en el linchamiento de rigor acusaron a Benedicto de anteponer fanáticamente el dogma a la vida de seres inocentes. Unos días más tarde, y para sorpresa de todos, Edward Green, el mayor investigador del programa de Salud Pública de Harvard y a la sazón uno de los mayores expertos en SIDA del mundo, declaró que la evidencia empírica daba la razón al Papa (aunque reconocía que, al decirlo públicamente, tomen nota, corría “terribles riesgos profesionales”). Refiriéndose exclusivamente a África, donde esta enfermedad está relacionada con una elevada promiscuidad heterosexual (en países desarrollados como EEUU, por el contrario, el 83% de los casos nuevos de SIDA en hombres se da en la comunidad homosexual), el científico norteamericano recordaba que lo que había funcionado eran campañas de concienciación que promulgaban la monogamia y la fidelidad y que las conclusiones científicas eran  rotundas: “nuestros mejores estudios ponen en evidencia que una mayor disponibilidad (y mayor uso ) de preservativos está asociado a una tasa más elevada (no más baja) de infección”. ¿Por qué? Porque cuando las personas se sentían seguras se volvían irresponsables y aumentaba la conducta sexual de mayor riesgo.

Por el contrario, una natural sensación de inseguridad refuerza muchas veces una conducta responsable. Cuando en Suecia se pasó de conducir por la izquierda a conducir por la derecha en 1967, los accidentes de circulación disminuyeron sustancialmente en las semanas posteriores al cambio de la norma. El motivo fue la sensación inicial de inseguridad de los conductores ante un nuevo hábito de circulación, lo que les llevó a conducir de forma más prudente. Otro ejemplo más reciente lo tenemos en la ciudad holandesa de Drachten, que en el 2006 eliminó semáforos y señales de tráfico obligando a los residentes a extremar la precaución y la cortesía logrando una disminución en el número de accidentes y en la gravedad de los mismos (y para colmo una mayor fluidez de tráfico). Esta idea, puesta en práctica desde entonces en más ciudades, provenía del ingeniero de tráfico Hans Monderman, cuyo obituario en el periódico The Guardian lo reconocía como “un pionero en el respeto al sentido común y a la inteligencia del conductor frente a la dependencia en las señales de tráfico, semáforos y barreras físicas”, añadiendo (por favor, lean esta frase despacio): “se dio cuenta de que el creciente control y regulación por parte del Estado reducía la responsabilidad individual y colectiva” (oigo rechinar los dientes de nuestros afanosos reguladores e intervencionistas; sí, queridos: vuestra pesada, invasiva y torpe mano hace, generalmente, más mal que bien, pero ¿cómo quitaros el juguete de poder que tanto os divierte?).

Nos atrae la libertad tanto como nos asusta la responsabilidad. El drama del hombre es que llega a dudar si bien merece la pena perder la primera si con ello se le evita el peso de la segunda, duda que le hace vulnerable ante sistemas de poder político como el Estado de Bienestar, que lo aprovecha para ofrecer una falaz promesa de seguridad de modo que voluntariamente renunciemos a nuestra libertad y nos condenemos a la servidumbre. En su sigiloso camino hacia el poder totalitario, el Estado de Bienestar nos falta al respeto como seres dotados de libertad, voluntad e inteligencia, destruye nuestro sentido de responsabilidad haciéndonos creer que no podemos ocuparnos de nosotros mismos ni de nuestras familias, nos hace completamente dependientes de la beneficencia de los nuevos amos y, por último, nos disuade de colaborar entre nosotros (no os ocupéis del prójimo, dice papá Estado, que ya me ocupo yo) para crear una sociedad de individuos aislados y autárquicos y, por lo tanto, mucho más controlables (por ello las redes naturales de colaboración humana, comenzando por la familia, son para el Estado de Bienestar competidores a destruir).

Cuando en 1808 Beethoven estrenó su Quinta Sinfonía le preguntaron qué significaban las famosas cuatro notas con que se inicia el primer tiempo. “Así llama el destino a la puerta”, fue su lacónica respuesta. Ya suenan los primeros compases: el destino de la servidumbre está llamando a nuestra puerta. ¿Resistiremos o nos convertiremos en siervos modélicos que besan la mano del amo con reverente agradecimiento?

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