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Economía

¿Pero quién se cree todavía el PIB?

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

28 de noviembre de 2012

Cuando el filósofo griego Platón escribió el Mito de la Caverna hace 2.400 años estaba pensando en los economistas keynesianos (o sea, casi todos): un grupo de hombres encadenados a sus convicciones que confunden la realidad con las sombras proyectadas por la luz del mundo real en la pared de su caverna. En este mundo real la vida transcurre impávida a la espalda de estos hombres, completamente ajena a su ignorancia y pretensión de conocimiento.  Si éstos fueran obligados a mirar la luz de la realidad, ¿”no les dolerían los ojos y tratarían de eludirla”, volviéndose hacia las sombras por considerar que “éstas son realmente más claras” que la realidad que se les muestra?

De igual modo, los economistas (con las consabidas excepciones, pocas) prefieren su mundo de teorías perfectas y comportamientos matemáticamente predecibles y cuantificables a la complejidad de la realidad donde el individuo actúa guiado por la libertad que le dejan tener y no por modelos lineales. Y cuando se les expone a dicha realidad, como dice Platón, los economistas “sufren y se irritan”. Pobres.

La Economía siempre ha envidiado a la Física, ciencia en la que dada una serie de requisitos podemos predecir y obtener un resultado exacto. Incómodos con el mundo de las ideas y el concepto de incertidumbre, los economistas prefieren las fórmulas matemáticas y el determinismo y la seguridad que aporta la disciplina de Newton. En consecuencia, pronto plagiaron los modelos físicos y desarrollaron fórmulas basadas en hipótesis muchas veces utópicas que, sobre el papel, resultaban estéticamente agradables, aunque poco tuvieran que ver con la realidad. Se obsesionaron con medir y se olvidaron de pensar.

Hoy quiero hablarles de una de esas fórmulas, el Producto Interior Bruto o PIB, que se interpreta como supuesta medida del aumento de riqueza de un país en un período determinado. El PIB se calcula sumando el consumo, la inversión, las exportaciones netas y parte del gasto público. Voy a centrar mis críticas en sólo tres aspectos.

En primer lugar, la mera pretensión de calcular el aumento de la riqueza de un país me parece francamente ilusoria por excesivamente compleja. El resultado es un trabajo de brocha gorda que, sorprendentemente, es medido con la exactitud de un decimal por parte de políticos y economistas y tomado en serio por todo el mundo. En segundo lugar, el PIB es lo que los economistas llaman una variable flujo, es decir, una especie de cuenta de Pérdidas y Ganancias. Sin embargo, no contempla si el “crecimiento” se ha financiado con deuda o no, ni el nivel de deuda alcanzado. No existe una variable fondo o stock, es decir, un Balance de Situación, donde aparezca este dato tan relevante. Por eso, la obsesión por el PIB hizo posible que la mayor burbuja de deuda de la Historia pasara literalmente desapercibida por debajo de las mismísimas narices de economistas, gobernantes y banqueros centrales, obcecados con total ceguera por convertir al PIB en la medida suprema de éxito económico.  Aunque no se lo crean, hasta ayer mismo el concepto de deuda era completamente ignorado en sus modelos: era una variable que no aparecía. Por eso, todavía hoy, “sufren y se irritan” al contemplar estupefactos el mal funcionamiento de sus fórmulas, y continúan sin entender nada de cuanto ha acontecido.

En tercer lugar, el cálculo del PIB considera el despilfarro de los políticos como algo positivo. De hecho, según el PIB el mayor de los despilfarros del más manirroto de los políticos tiene el mismo valor, euro por euro, que la más rentable inversión de la eficiente de las empresas. Tal y como está concebido, cuanto más despilfarre el Gobierno, mejor, más crecemos. Si se rompen las aceras adrede para hacer otras idénticas, crecemos y somos, por tanto, más ricos; si construimos unas pirámides (o un aeropuerto) en mitad del desierto, o un AVE que vaya completamente vacío, somos más ricos; si construimos un puente de cuatro carriles al islote Perejil, somos más ricos; si cavamos un agujero y luego lo recubrimos de nuevo, somos más ricos;  si un desastre natural destruye una ciudad, mejor, porque hay que reconstruirla. Las guerras son buenas para la economía y cuantos más coches oficiales compremos, más ricos seremos (entenderán en seguida que a los políticos les encanta esta fórmula). Todo esto no sólo choca frontalmente con el sentido común, sino que olvida que detrás de todo gasto público hay un impuesto actual o futuro que lo financia, y detrás de todo impuesto hay una sustracción de recursos al sector privado que éste utilizaría con mucha mayor eficiencia para crear riqueza. Como dice el siempre profundo Charles Gave, fundador de GaveKal, lo que debería importar en la Economía no es la cantidad de producción, sino la creación de valor.

El PIB es en realidad una excusa para agrandar ese gigante amorfo llamado Estado. Se trata, en el fondo, de un invento keynesiano que justifica un permanente aumento del nivel de intervencionismo y gasto públicos. En otras palabras, tomar como principal objetivo económico el aumento del PIB tiene como resultado ineludible el aumento del poder de los políticos en detrimento de la libertad y el progreso económico de los ciudadanos.

Sir John Cowperthwaite, el arquitecto del fulgurante éxito económico de Hong Kong que glosé en un artículo anterior, siempre se negó de forma taxativa a recopilar o publicar estadísticas oficiales de la colonia británica. Por extraño que ahora nos parezca, durante los 60 y los 70 Hong Kong no calculó ni su PIB ni su IPC.  Ello, naturalmente, no fue óbice para que los ciudadanos de Hong-Kong pasaran de la pobreza a la riqueza en una generación, sino más bien al contrario. Sir John afirmaba que las estadísticas oficiales eran peligrosísimas porque, en cuanto eran publicadas, generaban en los políticos una tentación irresistible de influir sobre ellas. Había otro peligro que Sir John no mencionó, quizá por pertenecer a una época en que los caballeros eran aún moneda común en el servicio público. Este peligro consistía en que cuando los socialistas de todos los partidos agotaran su munición intervencionista sin lograr la omnipotencia del dios que arrogantemente pretendían ser, iban a querer cocinar, masajear y manipular las cifras. Éste es un tema sobre el que volveré en otra ocasión.

Debemos derribar el mito de  la maximización del PIB como objetivo fundamental de la acción económica y política. Es una medida chapucera y errónea cuyo uso aumenta, año tras año, el asfixiante peso de una estructura de Estado que en Europa cada vez se acerca más al totalitarismo. Nadie sabe muy bien qué mide y tiene escasa relación con la realidad. Por ejemplo, desde el 2008 el PIB español sólo ha caído en total un 5% acumulativo. Sin embargo, en el mismo período de tiempo, tanto la producción industrial como las ventas al por menor han caído cerca del 30%, el paro ha pasado del 8% al 26%, la vivienda ha sufrido un colapso “oficial” del 25% y real de quizá el 40%, la deuda pública ha pasado del  36% al 90%, el sistema financiero está prácticamente quebrado… ¿Y el PIB sólo ha caído un 5%?

Existe una fórmula alternativa que sí ha demostrado ser un adecuado objetivo de política económica. Ha sido probada empíricamente con gran éxito y es congruente con la naturaleza humana y el sentido común. No es matemática, sino lógica. Aquí se la dejo a mis amigos  economistas y políticos, excusándome por su sencillez: Crecimiento Económico=Propiedad Privada + Seguridad Jurídica + Impuestos Bajos + Libre Competencia + Mínimo Intervencionismo + Libertad de Empresa y de Comercio – Tamaño del Estado.

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