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Economía

¿Otra tomadura de pelo fiscal?

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

25 de junio de 2014

La enésima modificación fiscal de este Gobierno tiene el sello inconfundible del legislador español, que huye de la sencillez como si de la peste se tratara y convierte los impuestos en un camino lleno de vericuetos y añagazas. Pero además tiene el aroma típico de este Gobierno, según paso a relatar.

Tal y como explica el propio Ministerio de Hacienda, los objetivos de esta pequeña rebaja de impuestos son “impulsar la creación de empleo (…), reforzar la competitividad, dinamizar el crecimiento y favorecer el ahorro y la inversión”. Entiendo que si bajar impuestos implica todo esto, subirlos implica justo lo contrario. Por lo tanto, el propio Ministerio de Hacienda está afirmando que la enorme subida de impuestos realizada por este Gobierno en los años 2011 y 2012 ha destruido empleo, dañado nuestra competitividad, ralentizado el crecimiento y perjudicado el ahorro y la inversión. Por consiguiente, las subidas de impuestos no sólo han supuesto el más descarado incumplimiento de promesa electoral que yo recuerde, sino una funesta política macroeconómica que, repito, ha destruido empleo, dañado nuestra competitividad, ralentizado el crecimiento y perjudicado el ahorro y la inversión. No lo digo yo: lo reconoce el propio Gobierno. También lo reconocía el actual ministro de Hacienda justo antes de alcanzar el cargo y perder la memoria, cuando a finales del 2011 afirmaba con buen criterio: “Si subiéramos los grandes impuestos, el IVA o el IRPF, lo que nos traería sería menos crecimiento y más paro”. Añadía que era crítico con las recomendaciones de la UE (en el sentido de subir el IVA) porque iba a “dificultar la salida de los países intervenidos”, y proseguía diciendo que la política de bajar impuestos “hace que haya más gente trabajando, más gente invirtiendo, más gente ahorrando y más empresas abiertas (…), y eso es lo que trae más recaudación al Estado, y lo que hace más seguras las pensiones públicas, y lo que permite financiar los servicios del Estado del Bienestar”. Debemos entender, por tanto, que las subidas de impuestos de su Gobierno han provocado que tengamos más paro, menos inversión, menos ahorro y que hayan cerrado empresas, poniendo en peligro las pensiones públicas y los servicios del Estado de Bienestar. Queda claro.

Nunca entenderé por qué, cuando pocas semanas más tarde el Gobierno decidía subir los impuestos, el propio ministro se reía: “Me río porque hemos desconcertado a la izquierda”. No sé qué haría la izquierda, pero dudo que sus votantes, los primeros desconcertados, se rieran. Poco más tarde tuvo otro ataque de risa. En aquella época uno de los líderes del otro partido socialista (el que no lo oculta en sus siglas) manifestó públicamente su sospecha de que el Gobierno subiría el IVA después de las elecciones andaluzas, que tendrían lugar el 25 de marzo del 2012. En su contestación en el Congreso, el ministro le espetaba entre risas: “¿Quién miente?” Y añadía: “Yo le voy a decir para tranquilidad suya y de todos los españoles que después del 25 de marzo no habrá subida del IVA”. ¿Quién miente – volvieron a preguntarse sus votantes cuando poco meses después también subió el IVA?

Quizá debería estar contento porque, en apariencia, dentro de uno o dos años este Gobierno va a bajar un poquito los mismos impuestos que antes había subido un muchito, pero déjenme que controle mi entusiasmo. El motivo es que todo esto me resulta familiar. Tengo la vaga sensación de haberlo vivido antes, como si fuera un déjà vu: los mismos personajes prometiendo bajar impuestos en el futuro. El Gobierno que más promesas ha incumplido en la historia reciente nos hace otra nueva promesa esperando hayamos olvidado los anteriores incumplimientos. Porque en una promesa lo único relevante es la credibilidad de quien la realiza, y en materia de credibilidad este Gobierno es un cero a la izquierda (nunca mejor dicho). Lo que se ha anunciado no es una reforma, sino la promesa de una reforma que ni siquiera nos devuelve a la situación anterior a la llegada de este gobierno al poder. En el mejor de los casos, los contribuyentes españoles seguirán echando de menos la fiscalidad del expresidente sonriente y, en mi opinión, el hecho de que existan datos objetivos para recordar con nostalgia aunque sea sólo un aspecto de la nefasta gestión de aquel gobierno debería ser motivo de preocupación.

Puede que en esta ocasión vayan en serio: ya saben, hasta un reloj parado da la hora exacta dos veces al día. Pero también cabe la posibilidad de que cuando llegue el momento, unos instantes después de que sus votantes más confiados hayan depositado su voto, el Gobierno incumpla de nuevo culpando a las exigencias de Bruselas, a una nueva crisis en los mercados o a vaya usted a saber qué. Con su historial, adivinen qué es más probable.

Este Gobierno hace bueno el dicho: “lo malo viene volando, y lo bueno, cojeando”. Cuando sube impuestos, la subida tiene efecto inmediato: el 31 de diciembre se anuncia y el 1 de enero entra en vigor. Cuando dice que baja los impuestos, es una promesa para dentro de uno o dos años. Las subidas son en directo; las bajadas, en diferido. Las subidas son reales, cercanas, palpables; las bajadas se muestran desdibujadas en la bruma del horizonte, quiméricas, sujetas al quizá, quién sabe, a lo mejor.

Por último, es difícil recordar una gestión en materia de impuestos tan dañina a la seguridad jurídica como la que sufrimos desde hace dos años y medio. Desconozco si se trata de una ausencia de ideas claras, de improvisación o del capricho del legislador, pero el hecho es que las constantes y arbitrarias modificaciones tributarias causan una enorme incertidumbre, una sensación de temporalidad y una inseguridad jurídica que están provocando un daño inconmensurable a nuestro país.

George Bush padre ganó las elecciones en 1988, como heredero del éxito de Reagan, prometiendo rebajar impuestos. Utilizó como punta de lanza de su campaña electoral la famosa frase “read my lips: no new taxes” (lean mis labios, no más impuestos), y perdió la reelección por incumplir su promesa. No le sirvió de mucho alegar, siguiendo el manual, que el aumento del déficit le había atado de pies y manos, impidiéndole hacer otra cosa. Nuestro actual Gobierno debería tomar nota.

Los anglosajones tienen una expresión muy sabia: “fool me once, shame on you; fool me twice, shame on me” (si me engañas una vez, la culpa es tuya; si dejo que me engañes por segunda vez, entonces la culpa ya es mía). Aplíquese.

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