No es el Covid, sino Sánchez

Publicado en Expansión

Bajo la horrorosa dictadura comunista soviética, los rusos no podían desplazarse libremente de un lugar a otro de su país y permanecían encadenados a su lugar de residencia por la propiska, visado policial que restringía la libertad de circulación. De igual manera, nuestro despótico gobierno filocomunista obliga a los ciudadanos a sortear controles policiales y presentar salvoconductos para trasladarse de un lugar a otro, un ejemplo de lo que sería la vida cotidiana en esa onírica república bolivariana sin alternancia política del tándem Sánchez-Iglesias.

El ciudadano español comienza a tomar como un bárbaro atropello estas restricciones que conculcan su libertad de circulación, de reunión y de culto (perseguida ésta última con la arbitraria discriminación del aforo de los templos). A la vez, miles de empresarios, autónomos y trabajadores, abrumados por una incertidumbre inhumana, contemplan angustiados cómo su medio de vida desaparece de la noche a la mañana a causa de las caprichosas medidas gubernamentales, que son sinónimo de paro, ruina y miseria. En efecto, el principal culpable del desastre hacia el que nos dirigimos no será la epidemia en sí misma, sino, ante todo, la acción del gobierno, y ningún fondo europeo podrá solventarlo (cuando llegue, pues Europa comienza a enarcar las cejas con el tándem). Éste será el juicio de la Historia: los medios de comunicación aterrorizaron a la población y una banda de políticos arrasó el país. Nunca tan pocos hicieron tanto daño a tantos.

Seguir con trasnochadas variantes del confinamiento es dar palos de ciego: encerrar a los sanos no funciona, ignora la evidencia científica y nos lleva al abismo. La propia OMS ha hecho un llamamiento a los gobiernos para que dejen de utilizar los confinamientos como método prioritario de control de la epidemia[1]. En España el confinamiento más brutal del mundo no evitó una de las mayores mortalidades del mundo, pero sí nos trajo la peor depresión económica y mental del mundo. Tres meses de mascarillas al aire libre no han tenido ningún efecto sobre el virus (como era previsible, por acientífico[2]) pero han contribuido a hundir la economía, convirtiendo la calle en un pasillo de hospital de infecciosos y los colegios en campos de concentración donde los guardianes gritan a quienes incumplen las normas. Por último, la autoritaria imposición del estado de alarma en Madrid, un bluf autolesivo que parece haber causado discrepancias en el propio gobierno, obedece descaradamente a razones políticas y (cómo no) psicopáticas, esto es, a un intento de someter al poder judicial y a la oposición que osaban contradecir a quien no quiere ser presidente sino amo. La situación epidemiológica de Madrid[3] (Rt inferior a 1 y ocupación hospitalaria/UCI en ligero descenso) parece indicar que la hiperbólicamente llamada “segunda ola” estaría moderándose o autoextinguiéndose por razones naturales y no por las medidas autonómicas o nacionales. Ignoro si los datos mejorarán o empeorarán, pero hay tres cosas meridianamente claras: primero, la situación nada tiene que ver con abril; segundo, las medidas del gobierno son arbitrarias y discriminatorias; y tercero, son completamente inútiles. En resumen, la habitual combinación de arrogancia e incompetencia.

¿Qué hacer entonces? La semana pasada prestigiosos epidemiólogos de Harvard, Stanford y Oxford presentaron la Declaración de Great Barrington (a la que se han adherido ya 37.000 médicos y científicos de salud pública de todo el mundo) criticando las políticas de confinamiento, “de devastadores efectos en la salud pública a corto y largo plazo”. Tras recordar que “para los niños el Covid es menos peligroso que la gripe”, su mensaje central es que el objetivo no debería ser evitar los contagios en aquellos para los que la enfermedad es leve, sino “minimizar la mortalidad y el daño social hasta que se alcance la inmunidad de rebaño”, que no es necesariamente “dependiente” de la hipotética vacuna. Por ello, recomiendan que “aquellos que no son vulnerables reanuden inmediatamente su vida normal (…) para alcanzar la inmunidad a través de la infección natural, mientras se protege mejor a aquellos que se encuentran en mayor riesgo”. En las residencias recomiendan utilizar trabajadores inmunizados y hacer pruebas frecuentes, y que los ancianos se encuentren con sus familiares al aire libre. Tras defender medidas sensatas de higiene y el autoaislamiento en caso de caer enfermos, concluye: “escuelas y universidades deben abrir para la enseñanza presencial, los adultos jóvenes de bajo riesgo deben trabajar normalmente y no desde su casa y los restaurantes y otros negocios deben abrir (…), mientras la sociedad disfruta de la protección otorgada a los vulnerables por aquellos que han adquirido inmunidad de rebaño”[4].

Esta declaración está refrendada por uno de los mayores estudios internacionales sobre mortalidad del Covid, dirigido por un conocido epidemiólogo de Stanford. Igualmente crítico con los confinamientos (“decididos en ausencia de datos fiables” y de “graves consecuencias adversas para la salud”), sus conclusiones quizá les sorprendan: “el riesgo diario de morir por coronavirus para una persona menor de 65 es equivalente al riesgo de morir yendo en coche a trabajar a diario entre 4 y 82 millas”. En Europa la probabilidad de morir de Covid en población no de riesgo (menores de 65 sin patologías concomitantes) es entre 30 y 100 veces inferior a la de la población de riesgo, es decir, “notablemente inusual (…), lo que contrasta frontalmente con muchas historias de los medios que se fijan en casos de personas jóvenes causando pánico y terror”. Cuando el sistema de salud no colapsa y se evitan contagios masivos en residencias y hospitales, “la letalidad real del virus (IFR) es similar al de una gripe virulenta (inferior al 0,2%)”[5]. Por ello, recomienda medidas que mantengan la vida social y la economía funcionando a la vez que se refuerza la protección de la población de riesgo.

Por último, un estudio de la Universidad de Edimburgo publicado en el BMJ hace unos días concluye que los confinamientos, el cierre de colegios o la obligación de mantener distancia social a la población no de riesgo podrían haber causado un aumento de muertes al retrasar la inmunidad de rebaño y alargar innecesariamente la epidemia, porque “el número de muertes no depende del número total de contagios sino de la distribución de edad de los mismos”[6].

Estas conclusiones, basadas en números y no en el miedo del político a la presión mediática, enfatizan que el objetivo no debe ser reducir el número de contagios sino el de muertes (lo opuesto a las premisas que han guiado nuestra fracasada respuesta a la epidemia). De ser acertadas, demandarían un radical cambio de rumbo, pero rectificar depende de la buena fe y del amor a la verdad, una imposibilidad metafísica para un gobierno liderado por la mentira patológica, la deslealtad y un insufrible matonismo macarra.

La epidemia pasará, pero el daño causado por sátrapas que no quieren dejar piedra sobre piedra en una orgía de destrucción institucional, económica y sanitaria sin precedentes, puede durar décadas. Mientras Roma ardía, Nerón tocaba exultante la lira, admirándose de su “voz celestial”. Mientras España arde, Sánchez se admira sonriente en su espejito mágico. Según el historiador romano Suetonio, fue el propio Nerón quien ordenó quemar Roma. Yo tengo claro quién ha prendido fuego a España.

 

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

www.fpcs.es

[1] https://www.washingtonexaminer.com/news/who-official-urges-world-leaders-to-stop-using-lockdowns-as-primary-virus-control-method

[2] https://www.isglobal.org/en/healthisglobal/-/custom-blog-portlet/por-que-una-ley-que-obligue-a-usar-mascarillas-al-aire-libre-puede-ser-contraproducente/4735173/0

[3] https://cnecovid.isciii.es/covid19/#ccaa

[4] https://gbdeclaration.org/la-declaracion-de-great-barrington-sp/

[5] https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC7327471/#__ffn_sectitle

[6] https://www.bmj.com/content/371/bmj.m3588

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