La propaganda del consenso climático

Publicado en Expansión

Tras dos semanas de bombardeo climático-apocalíptico en Madrid, el COP25 ha terminado en fracaso, como tantas de las anteriores 24 ediciones, con activistas, medios y profetas del final de los tiempos viviendo en un mundo ilusorio ajeno a la realidad. En efecto, y como no podía ser de otra manera, los combustibles fósiles siguen suponiendo hoy el 90% del consumo mundial de energía, exactamente igual que cuando se celebró la Cumbre de Río de 1992. De hecho, desde 1992 la demanda de combustibles fósiles ha aumentado un 54% y las fuentes primarias de energía que no emiten dióxido de carbono (sobre todo hidroeléctrica y nuclear, de las que el ecologismo nunca habla, además de las políticamente correctas solar y eólica) sólo han pasado del 12% al 15% en todo el mundo (Smil, 2019). Por tanto, cualquier pretensión de eliminar en pocas décadas los combustibles fósiles – que han sacado a gran parte de la Humanidad de la pobreza – es una quimera. La energía mundial depende de ellos y eso no cambiará hasta que se produzca una revolución energética que probablemente no esté en energías intermitentes e ineficientes como la solar o la eólica ni, desde luego, en la utilización de coches eléctricos, como absurdamente parecen hacernos creer. La “transición ecológica” sólo sirve para restringir la libertad, encarecer la factura eléctrica y el precio de los coches y servir de coartada para subir los impuestos una vez más.

Sin embargo, este COP25 ha servido para varias cosas. En primer lugar, la selección de pregoneros de extrema izquierda y la imagen de los activistas con el puño en alto ha aclarado a muchos incautos que la cuestión del cambio climático trata más de política que de ciencia, y que el activismo climático y la izquierda radical son conjuntos con una enorme intersección, como explicaría Euler, pues comparten adeptos, ideología y tácticas como el abuso de la mentira y la persecución del disidente. En segundo lugar, las exageraciones y falacias de la obsesiva cobertura mediática han vuelto a poner de manifiesto el obediente seguidismo y la escasísima fiabilidad de los medios en esta cuestión, con alguna brillante excepción. En tercer lugar, las afirmaciones de Sánchez, cuyo historial (verdaderamente extremo) lleva a presuponer que miente por defecto, nos ofrecen un indicio claro de que no es verdad que sólo “un puñado de fanáticos” cuestione el mantra del cambio climático antrópico.

No parece fanático el Premio Nobel de Física Ivar Giaever, que tilda el cambio climático de “pseudociencia” y piensa que “se ha convertido en una religión”, ni el Dr. Kiminori Itoh, de la Universidad de Yokohama, que afirma que estamos ante “el peor escándalo científico de la historia”. Tampoco el Premio Nobel de Física Robert Laughlin, que pide “que mantengamos la calma” porque “no tenemos poder para controlar el clima”, ni los 300 científicos que apoyaron al Profesor Lindzen (Doctor en Física y Matemática Aplicada por Harvard, Catedrático de Ciencias Atmosféricas del MIT durante treinta años y autor principal del Capítulo 7 del Tercer Informe del IPCC) cuestionando las bases científicas de la teoría del cambio climático antrópico y criticando las dañinas políticas propuestas para “revertirlo”, ni son fanáticos los 83 científicos italianos que este verano firmaron una petición a su gobierno afirmando que “las predicciones alarmistas no son creíbles (…) y es científicamente irrealista atribuirle al hombre la responsabilidad del calentamiento”. Sin duda, existe fanatismo e histeria, pero no precisamente en el campo escéptico, donde no utilizan a niños y adolescentes.

Pero es que en una reciente encuesta internacional (Yougov, 2019), y a pesar de la perenne, intimidatoria, invasiva y grotesca propaganda mediática, la proporción de la población que piensa que el hombre es el principal responsable del clima es de sólo el 35% en Noruega o Suecia, el 38% en EEUU, el 40% en Dinamarca, y el 49% en Francia y Alemania. En España, paraíso de los crédulos (o de los desinformados), este porcentaje sube al 69%, sólo superado por Tailandia e India. Preguntados sobre si el cambio climático tendrá un gran impacto en sus vidas, sólo el 11% de la población de los países nórdicos, el 16% de los alemanes y el 24% de los norteamericanos lo piensa.

¿Hay diversidad de opiniones entre los científicos? Naturalmente. Contrariamente a la consigna ecologista, es falso que exista un «consenso» o que el debate esté cerrado. A pesar de la enorme presión para no disentir públicamente, una encuesta de la Sociedad Americana de Meteorología publicada en el 2014 evidenciaba que sólo el 52% de sus miembros creía que el hombre era el principal responsable del calentamiento global, mientras que el 28% contestaba que aún no había suficiente evidencia para manifestarse y el resto opinaba que las causas naturales tenían una influencia significativa o mayoritaria. Esta encuesta también mostraba que los científicos escépticos tenían mucha menor probabilidad de ver publicados sus trabajos. En 2016, con preguntas más sesgadas, el 29% creía que el 80% o más del cambio climático era antrópico, el 38%, entre el 60% y el 80%, y un 33% se dividía entre los que creían que las causas eran naturales o que ambos factores influían de forma pareja.

Fieles a una agenda política que quiere imponer por la fuerza un pensamiento único, los activistas del cambio climático intentan silenciar la diversidad de opiniones para hacer creer que “todos piensan lo mismo menos tú”, vieja táctica de manipulación que explota el miedo del hombre a la soledad y al ostracismo. Esto es lo que pretende la consigna del “consenso”, un concepto proveniente de la política que olvida que la ciencia nunca ha avanzado por votación, sino porque un científico decide cuestionar el statu quo y desafiar una creencia generalizada en su tiempo. Por ello, el famoso Premio Nobel de Física Richard Feynman decía que la ciencia implicaba creer “en la ignorancia de los expertos”.

Saturados por la letanía catastrofista, cada vez resulta más evidente que el cambio climático es una ideología, un proyecto político hostil a la libertad, al progreso económico y al hombre mismo, un caballo de Troya que quiere imponer una sincrética religión mundial con la que controlarnos a través del miedo y la culpa. Su uso de la mentira es masivo: como no me cansaré de repetir, es falso que hayan aumentado los huracanes, las sequías o las inundaciones; es falso que haya un problema de deforestación en la Tierra, y es falso que los mares vayan a engullirnos, pues al ritmo actual tardarán entre 350 y 700 años en subir un metro. Creer que un ligero aumento de temperatura – que está siendo de menos de 0,15°C por década- vaya a tener consecuencias apocalípticas es una elucubración no sostenida por la lógica o por la evidencia empírica, y creer que podemos predecir y controlar el clima del planeta dentro de un siglo cuando no podemos predecir la meteorología local para dentro de una semana resulta tan ridículo como arrogante.

Por cierto, apuesto a que no han leído que, según los datos de la Agencia Estatal de Meteorología, el año 2018 fue menos caluroso en España que el 2017, 2016, 2015, 2014, 2011, 2009, 2006, 2003, 1997, 1995, 1994 y 1989. Esperemos que este invierno no sea demasiado frío, porque el frío causa 17 veces más muertes que el calor en todo el mundo (Guo et al, The Lancet 2015). Sin duda, el frío es mucho más temible. Ah, ¿tampoco se lo habían dicho?

 

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

www.fpcs.es

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