Desde la independencia, la libertad y la verdad

Política

La decadencia de la democracia

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

19 de mayo de 2016

Como decía Bernardo de Chartres en el s. XII, verdaderamente “somos enanos a hombros de gigantes”. En una época como la que vivimos, tan pagada de sí misma y tan convencida de ser la cúspide de la civilización (creencia común en todos los períodos de decadencia de la Historia), conviene releer con respeto y atención lo que los gigantes del pasado tienen que enseñarnos.

Hace más de 2.300 años Aristóteles describió la decadencia de las democracias con una precisión tal que nos hace preguntarnos si en este campo realmente hemos avanzado algo desde entonces. Su obra Política fue escrita cerca del final de una vida vivida en la búsqueda de la verdad, cuando a su asombrosa inteligencia se le sumaba esa sabiduría que sólo puede nacer de años de observación, de silencio, de meditación y de serenidad (condiciones proscritas por la sociedad actual). El Estagirita fue muy consciente de la enorme fragilidad de la democracia, cuya conservación y prosperidad estaban lejos de estar garantizadas (más bien al contrario), y mostró los cánceres que provocaban su declive.

Decía Aristóteles que para conservar la democracia lo que con más esmero debe cuidarse es el imperio de la ley y la seguridad jurídica, esto es, “vigilar que no se infrinja la ley en lo más mínimo”. La democracia comienza a destruirse cuando la ley no se respeta, cuando se aplica ostentosamente de forma diferente a unos u otros en función del interés político, cuando los linchamientos (hoy en día mediáticos) sustituyen a la presunción de inocencia o cuando el aplauso o el abucheo de las masas son más importantes que las garantías jurídicas. Lo mismo ocurre cuando la ley se cambia constantemente al arbitrio de la voluntad de los que gobiernan, y cuando estos mismos gobernantes son los primeros en incumplirla con total impunidad. La repetición de estos comportamientos “mina sordamente al Estado al modo que los pequeños gastos muchas veces repetidos concluyen por minar las fortunas”.

Aristóteles también prevenía sobre la permanencia excesiva en el poder: “cuando se desempeñan por poco tiempo las funciones públicas, no es tan fácil causar el mal como cuando se permanece en ellas mucho tiempo (…), porque el poder es corruptor”. De aquí se deduce la importancia capital de limitar el poder real de quien lo ostenta a través de la limitación de mandatos, la división de poderes y la creación de controles y contrapesos (incluyendo una prensa libre que además desee serlo). No cabe, por tanto, sorprenderse de que los cargos públicos “enriquezcan a los que los ocupan” cuando el sistema carece de dichos controles y contrapesos y no pone límites al exceso de poder y a su duración. Esto ya se sabía hace dos milenios.

De forma muy seria el sabio griego advierte del síntoma definitivo de la descomposición de la democracia: la proliferación de los demagogos. Con razón nuestro diccionario define demagogia como “degeneración de la democracia consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder” (una buena definición del Estado de Bienestar, por cierto).

Los demagogos “sólo aparecen allí donde la ley ha perdido la soberanía” y ha sido sustituida por “la soberanía de la multitud”. Estos “aduladores del pueblo” jamás invocan los sentimientos más nobles del ser humano sino que intentan encender los peores: el miedo, la envidia, el odio, la codicia de los bienes ajenos y la ira, que nubla la razón y facilita la manipulación de las masas. Aristóteles cita ejemplos de polis griegas en las que los demagogos “ocasionaron la destrucción de la democracia”, para cuyo propósito “les bastaba ganarse la confianza del pueblo y, para ganarla, les bastaba declararse enemigos de los ricos”. En efecto, el olor inequívoco del demagogo son sus “continuos ataques contra los ricos”, siempre una minoría y siempre el blanco más fácil y más burdo. Por último, cabe añadir que los demagogos de hoy en día han encontrado un filón en lo políticamente correcto, esa peste de nuestro tiempo, cuyas mentiras más obvias denuncian no porque les interese la verdad (concepto que les es ajeno), sino por aparentar ser paladines de un tiempo nuevo.

Una vez enferma, la democracia se transforma paulatinamente en la tiranía de una mayoría transformada en divinidad, una mayoría que no responde ante nada ni ante nadie. La pasión suplanta a la razón, la satisfacción de todo deseo sustituye a la virtud, y lo verdadero y lo justo se convierten en cuestión de moda o de opinión. Entonces, despojadas de sus derechos inalienables, las minorías quedan desamparadas e inermes al albur de la caprichosa voluntad de la mitad más uno. La ley basada y enmarcada en normas inmutables provenientes de la Ley Natural era el límite que ninguna mayoría podía traspasar para abusar de su poder. Pero ha desaparecido, y en su lugar tenemos a una impostora llamada legislación, constantemente modificada por los veleidosos sentimientos de la mayoría, constantemente multiplicada con complejidad y arbitrariedad crecientes y absolutamente desligada del bien, de la verdad y de la justicia, de los que no se siente deudora.

Ahora, cuando escuchen a los demagogos más radicales, secretos amantes de la violencia, incendiar las envidias, las iras o los odios en nombre del pueblo, la justicia o la libertad (precisamente aquello que anhelan destruir), recuerden la voz serena de los gigantes del pasado que nos previenen de la amenaza que se cierne sobre nosotros. Recuerden también que hemos llegado a esta situación por culpa de los otros demagogos, aquellos que llevan años adulando constantemente a una ciudadanía a la que eximen de toda responsabilidad, a la que adormecen con promesas de derechos infinitos y nulas obligaciones, una ciudadanía que, afirman, se merece todo, jamás se equivoca y no necesita trabajar para ganarse la vida. Y, por último, recuerden que, en honor a la verdad, la responsabilidad final recae sobre nosotros los ciudadanos, que nos creímos la mentira porque nos convenía creerla. Despierten, rompan el hechizo y sacúdanse el yugo, porque la decadencia de Occidente va camino de transformar la democracia en enemiga de la libertad una vez más.

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