La barbarie de la eutanasia

Publicado en Expansión

Mi padre tenía 84 años cuando una grave caída le dejó tetrapléjico. Conservó intacta su extraordinaria capacidad intelectual sufriendo una parálisis irreversible de cuello para abajo que sólo le permitía mover un poco la cabeza, situación agravada por la progresión de una ceguera que terminó siendo casi completa.

En los siguientes cuatro años, tetrapléjico y prácticamente ciego, estuvo siempre conectado a una máquina y dependiendo de otros. Esta radical dependencia fue doblemente dura para alguien tan lleno de energía y tan celoso de su libertad, simbolizada por su pasión por la mar, y sin embargo, tras el natural proceso de duelo y reajuste, no volvió a mirar atrás y jamás le oímos una queja. Ocho semanas antes de su accidente había dado una charla a un nutrido grupo de estudiantes del IESE, cuyo momento culminante fue cuando les instó a no rendirse jamás con un humor sorprendente para quien no le conociera: “…y cuando estéis caídos en tierra, con la rodilla del enemigo sobre vuestro pecho y sus manos apretando vuestra garganta … ¡Zas! Patada en los huevos”. Pues bien, tras el súbito vuelco de su vida decidió librar su último combate con el mismo valor, serenidad y espíritu de lucha que le caracterizaron siempre, con ánimo resuelto y voluntad de vencer. Tuvo claro que debía conservar su puesto a todo trance, y lo hizo. Había sido un empresario pionero dotado de enormes talentos. Trabajador infatigable, había logrado un enorme éxito profesional partiendo de la nada, con austeridad, espíritu de sacrificio y afán de superación, creando decenas de miles de puestos de trabajo y contribuyendo a construir esa España industrializada, moderna y reconciliada que aquella generación admirable nos legó trabajando codo con codo y superando unida las penurias de la posguerra. Dicho esto, sin duda el mayor éxito de su vida fue el modo en que afrontó su lesión, manteniendo incólume su dignidad de ser humano hasta el último segundo, reverenciando agradecido el sagrado don de la vida y saludando cada amanecer con esperanza.

Aunque los únicos casos publicitados por los medios y por el cine pertenezcan a la minoría que tristemente cae en la desesperación, España está plagada de personas como mi padre que se alimentan del amor de sus seres queridos, de la humanidad de sus cuidadores, de su propia fortaleza o de su fe en Dios para vivir en plenitud a pesar de enormes padecimientos. Esta inmensa mayoría, portadora de la llama de la esperanza, está formada por héroes que a través del sufrimiento han destilado la razón de vivir hasta su expresión más pura y que respetan la vida como don maravilloso poseedor de un valor y de un sentido trascendente y tantas veces misterioso.

Frente a la luz que emanan estas personas extraordinarias se levanta la maligna oscuridad de la ley de la eutanasia, aprobada por rodillo, última ofensiva de la “cultura de la muerte” denunciada por san Juan Pablo II y un intento más de borrar por decreto los límites entre el bien y el mal y conducirnos a la barbarie. En efecto, tras décadas acabando con la vida de nasciturus indefensos, negándoles el derecho a nacer que a nosotros sí nos respetaron, le toca ahora a los otros miembros débiles de la sociedad. Así, en siniestra metamorfosis, en vez de apoyar a las meritorias unidades de cuidados paliativos en las que España está a la cola de Europa, esta abyecta ley transforma los hospitales en cámaras de ejecución y la figura del sanador en potencial verdugo, destruyendo el vínculo de confianza médico-paciente. Desde hace más de dos mil años, el juramento hipocrático que ha guiado la vocación médica reza: “Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo”. Este solemne juramento en defensa de la vida, del que dieron fe los médicos y enfermeras que cuidaron de mi padre, es el que esta ley hace añicos. En realidad, estamos ante otra imposición ideológica apoyada en la mentira habitual de una inexistente “demanda de la sociedad”. No se ha consultado al Comité de Bioética de España, que aprobó por unanimidad un duro informe en el que afirmaba que “legalizar la eutanasia y/o auxilio al suicidio supone iniciar un camino de desvalor de la protección de la vida humana cuyas fronteras son harto difíciles de prever”. Tampoco se consultó al Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos, que con igual dureza recordó que la eutanasia “es contraria al Código de Deontología Médica y a los posicionamientos de la Asociación Médica Mundial”. Existen, sí, enfermos incurables, pero no enfermos “incuidables”. Por tanto, lejos de ser un símbolo de progreso, esta ley es un símbolo de decadencia, barbarie y desesperanza que destruye siglos de civilización. Su mención a la “razón compasiva” recuerda a la “muerte misericordiosa” justificada en la ley de eutanasia nazi, y su calificación de que el suicidio/homicidio tenga “la consideración legal de muerte natural” es una perversión que provoca náuseas. De los 195 países del mundo, únicamente cinco han aprobado algo parecido, aunque sólo unos desalmados lo hayan hecho en medio de una pandemia que ha causado la muerte de tantos ancianos, futuras víctimas de esta ley, como no tardaremos en comprobar.

Me niego a comentar la despreciable literalidad de su articulado, engañoso papel mojado cuyo único objetivo es abrir la poterna al enemigo, como hizo la ley del aborto. Los bárbaros apuntan, una vez más, a la concienzuda demolición de los pilares más profundos de España, un país que honra la vida como pocos y en el que la institución de la familia protege con fiereza a sus miembros más débiles. Los recursos anunciados se entregan a la veleidad de un Tribunal Constitucional disfuncional y politizado, y su potencial derogación en un cambio de gobierno queda cuestionada por el historial traicionero y entreguista del principal partido de la no-oposición, que siempre rehúye el buen combate. Sin embargo, la sociedad civil no puede condescender en silencio frente al mal que avanza. Es hora de trazar la raya en la arena. España no es esto.

 

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

www.fpcs.es

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