Huyendo de la realidad

Publicado en Expansión

En una sociedad que no para de sacarse derechos de la chistera, el derecho a no sufrir es el padre de todos ellos, el más importante. Queremos que se nos garantice el trabajo, la salud, la vivienda, el ocio y la despreocupación. Queremos que nuestro nivel de vida no dependa de lo que trabajemos y de lo que ahorremos y que nuestras decisiones equivocadas no tengan consecuencias. En nuestro delirio, acabamos exigiendo conocer el futuro e incluso controlar cuándo comienza la vida y cuándo llega la muerte. En fin, queremos seguridad de que vamos a poder evitar el dolor. El problema es que, en la vida, el dolor, siendo indeseable, es inevitable, y la seguridad es, como decía Helen Keller, “una superstición que no existe en la Naturaleza”. Sin embargo, el hombre sigue en su quimérica búsqueda de una seguridad que le evite sufrir. Los ciudadanos la demandan de sus gobernantes, quienes prometen “derechos” y seguridades cada vez más extravagantes en una permanente huida hacia adelante. Y en esa carrera histérica, desenfrenada, por alcanzar una seguridad siempre evanescente, la libertad se arroja a un lado del camino como un fardo molesto.

El hombre libre debe hacerse responsable de sus actos sin poder culpar a un extraño cuando las cosas le van mal. Debe vivir en la incomodidad de la incertidumbre y aceptar la autoría de todas sus decisiones. Esto no es fácil y, por ello, en cuanto la dulce ilusión de la libertad deja paso al amargo sabor de la responsabilidad y el esfuerzo que la propia libertad conlleva de forma irremediable, el hombre se revuelve contra ella. Hace 3.500 años, el pueblo judío, oprimido durante generaciones por la esclavitud, fue liberado por Moisés, quien lo sacó de Egipto para conducirle hacia la Tierra Prometida por Yahvé. Pero muy pocos días después de haber sido librado in extremis de las garras del faraón, cuando las inclemencias del desierto comenzaron a hacerle mella, el pueblo judío olvidó las penurias, las humillaciones, los latigazos y la indignidad de su esclavitud y, maldiciendo su libertad, echó en cara a su libertador que les liberara, al punto de que poco faltó para que lo apedrearan: “¡Ojalá hubiéramos muerto (…) en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos!” (Ex. 16, 3). La seguridad de una comida caliente y un poco de pan valía más que la libertad recientemente recuperada.

Ni que decir tiene que todos aquellos que desde entonces han ostentado el poder han tomado buena nota de esta historia. Se han dado cuenta que todo lo que necesitan para que el pueblo les ceda su libertad es prometerle seguridad: una certeza – la libertad – a cambio de una promesa – la seguridad; un bien tremendamente valioso a cambio de una quimera. Y una y otra vez el pueblo ha caído en la misma trampa.

Hoy en día, a cambio de una promesa de seguridad física los gobiernos nos tratan como si fuéramos presuntos delincuentes y no ciudadanos libres: graban nuestras conversaciones, interceptan nuestro correo, nos toman las huellas dactilares y cuantas fotografías haga falta, nos cachean y medio desnudan cuando viajamos, y persiguen implacables como traidores a quienes lo ponen de manifiesto.

En cuanto a la seguridad económica, el comunismo totalitario (¿acaso existe de otra clase?) fue un extremo de este trueque: el pueblo perdió la libertad y nunca encontró más seguridad que la de ser pobre bajo una tiranía despiadada. El fraudulento Estado de Bienestar propuso algo muy similar (¿creen ustedes que la elección de las palabras “Seguridad” Social es casual?): nos prometió un paraíso de pensiones, sanidad y educación “gratuítos” a cambio de ceder a los políticos nuestra libertad de ahorrar (y de quitarnos de encima la incómoda responsabilidad de hacerlo). ¡Entregamos nuestros ahorros a unos despilfarradores incurables, famosos por cualquier cosa menos por respetar la palabra dada y el dinero de los demás! Y ahora que, aun después de aplastarnos bajo una montaña de impuestos y de endeudarnos para siempre, el dinero público escasea, ¿dónde queda la seguridad prometida? Debemos entender de una vez por todas que la seguridad no sólo es enemiga de la libertad, sino que impide la prosperidad. Seguridad y prosperidad son antónimos.

La crisis financiera que se desató en el 2008 fue, ante todo, causada porque los políticos y los banqueros centrales quisieron evitar el sufrimiento de los ciclos económicos. Como el votante que sufre no reelige al gobernante de turno, qué mejor que intentar acabar con las recesiones y vivir en una meseta de prosperidad permanente. Creemos a los charlatanes que, en política o en los bancos centrales, nos aseguran poder eliminar esa incertidumbre que tanto nos aterra. Deseamos un control que sencillamente no existe, y éstas son las consecuencias: de forma perversa, la búsqueda quimérica de la seguridad trae consigo un dolor mucho mayor que el que se quería evitar.

En 1891, el sabio Papa León XIII prevenía proféticamente en su encíclica Rerum Novarum sobre unos males que hoy están sobre nosotros. Lean, por favor, con atención: «Así que sufrir y padecer es la suerte del hombre, y por más experiencias y tentativas que el hombre haga, con ninguna fuerza, con ningún ingenio podrá arrancar enteramente de la vida humana estas incomodidades. Los que dicen que lo puede hacer, los que al pueblo desgraciado prometen una vida exenta de toda fatiga y dolor y agradable por el descanso e incesantes placeres lo inducen a error y lo engañan con fraude, del cual brotarán algún día males mayores que los presentes.»

Tenemos que aceptar la inseguridad y el dolor como algo inherente a la naturaleza humana y desconfiar inmediatamente de quien nos prometa lo contrario, en la convicción de que dicha promesa sólo busca engañar al incauto. Un sistema político y económico centrado en evitar lo inevitable prometiendo una seguridad inexistente está destinado al fracaso y abocado a la pobreza. Por ello, debemos hacer las paces con la realidad del dolor y de la incertidumbre y no tratar de huir de ambos. Sólo desde la aceptación profunda de estas realidades prenderá la llama de la confianza que siempre ha sostenido y levantado al ser humano. La historia del hombre es la exitosa historia de su adaptación flexible a un entorno siempre cambiante, siempre inseguro. Como país, deberíamos afrontar el dolor de cara, sin miedo, a portagayola, y dedicar todas nuestras energías a adaptarnos a la nueva realidad en vez de continuar huyendo de ella hacia ninguna parte.

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