España y sus complejos frente al nacionalismo

Publicado en Expansión

Los españoles poseemos por lo general una opinión negativa y desesperanzada de la historia de nuestra nación y de nuestras capacidades. Este profundo y grave problema nacional, del que poco se habla, daña nuestra autoestima como pueblo minando nuestra confianza en nosotros mismos y provocándonos un inmerecido sentimiento de inferioridad respecto de otros países. Las razones de nuestra baja autoestima son variadas, pero en este artículo aventuro que un importante factor interno que continúa socavando nuestro ánimo es el constante lenguaje negativo sobre nuestra historia de parte de nuestra izquierda (no toda) y de los nacionalismos separatistas, aliados de forma cada vez más evidente.

España, unas de las naciones más antiguas del mundo, posee una historia larga y brillante de grandes gestas que admiraron al mundo y también de algunas tragedias, una Historia de la que nos podemos sentir genuinamente orgullosos y respecto a la que muy pocos países pueden darnos lecciones. Todos conocemos la Leyenda Negra inventada por nuestros rivales europeos cuando España era una superpotencia. Pero ¿por qué los españoles nos hemos ido creyendo esa caricatura creada por quienes no nos querían bien? En parte, la sobriedad y austeridad castellanas que durante siglos impregnaron nuestra cultura (virtudes admirables en muchos aspectos) dificultaron los fuegos de artificio con los que otros países celebraban sus éxitos y el silencio y la mentira con la que encubrían sus fracasos. Inglaterra, por ejemplo, jamás permitió que la verdad estropeara el tono siempre épico de su propia historia. Otro factor, sin duda, fue la pérdida de los restos del Imperio en 1898, que hirió nuestro orgullo profunda y duraderamente.

Pero una importante causa de nuestra baja autoestima hoy es la existencia de una izquierda cultural y política muy “empática” con los nacionalismos que considera que la historia de España ha sido una noche perpetua, un período sombrío y primitivo del que salimos hace apenas unas décadas. Claro está, la Historia de España es la historia de una monarquía cristiana (como la de tantos países europeos) indisolublemente ligada a la defensa y propagación del catolicismo, mientras que esta izquierda es republicana y profesa, generalmente, una visceral animadversión hacia el cristianismo (católico), fenómeno único en Europa en cuanto a intensidad y violencia. Prueba de ello es el odio desplegado durante la Segunda República y la Guerra Civil: de la quema (impune) de iglesias y conventos, esta izquierda pasó al genocidio católico en el llamado Terror Rojo de 1936, durante el cual decenas de miles de ciudadanos fueron asesinados por ser católicos, incluyendo 7.000 sacerdotes, monjes y religiosas, muchos de ellos sádicamente torturados antes de su muerte. Hoy, por cierto, los leninistas desean volver a esa violencia, que significativamente consideran legítima: “arderéis como en el 36”, gritan. Dado que la derrota de aquella izquierda totalitaria (incluido el PSOE de entonces) dio lugar a cuarenta años de dictadura franquista y no a la dictadura de corte soviético que ellos (y Stalin) esperaban instaurar, también reniega hasta el paroxismo del período 1936-1978 (¡como si no hubiera existido España en esas décadas, con sus luces y sus sombras!) y de todo vestigio del sentimiento de orgullo patriótico del que aquel régimen impregnó la educación pública, a veces exageradamente. Por lo tanto, otro motivo por el que esta izquierda reniega del orgullo nacional (e incluso de la bandera, de nuevo un fenómeno único en Europa) es porque lo liga a ese período.

Pero el juicio negativo sobre nuestro pasado va mucho más allá. Por ejemplo, se denigra la hazaña que supuso la conquista de América por un puñado de hombres que, con sus abusos y violencias (¿qué guerra, qué conquista, qué época de la historia y qué país está libre de ellas?), llevó a aquel continente una civilización (y una religión, claro, de forma imperdonable) mucho más avanzada que la existente y, para la época, mucho más respetuosa con los derechos humanos. De hecho, la izquierda comparte el argumento del populismo hispanoamericano, que tilda aquello de “genocidio” (qué disparate y qué injusticia). No es casual que los leninistas tengan su génesis y padrinazgo financiero en movimientos hispanoamericanos de extrema izquierda (en Bolivia, de donde sacaron el nombre de Podemos, y en la tiranía asesina de Venezuela, modelo que admiran abiertamente y que quieren importar aquí). Otro ejemplo sería el desprecio con que se juzga la Reconquista a la vez que se mitifica Al-Andalus, que, en palabras del historiador Serafín Fanjul, fue muy parecido al apartheid sudafricano: una minoría musulmana invasora oprimiendo mediante el uso de la violencia a una mayoría cristiana (esta izquierda compagina un cierto antisemitismo y un anticristianismo feroz con una enorme docilidad frente el Islam).

En esta visión negativa de nuestro pasado como nación, que tanto contribuye a nuestro complejo de inferioridad, esta izquierda comparte una absoluta identidad ideológica con los nacionalismos que tanto daño nos hacen. En un país más seguro de sí mismo, los movimientos nacionalistas vasco y catalán, nacidos a lomos del Romanticismo de finales del s XIX (¡los sentimientos lo son todo!) cuando perdimos el Imperio y ser español había perdido glamour, habrían sido considerados una excentricidad risible con su victimismo enfermizo y su cúmulo de patrañas históricas. Sabino Arana, rancio antiliberal carlista, supremacista, racista y fundamentalista religioso (como muestran sus escritos), posiblemente habría sido considerado un iluminado y desde luego no el padre de la “patria vasca”. El nacionalismo catalán, con sus pinceladas racistas e igual de supremacista y antiliberal (inicialmente proteccionista y hoy controlado por la extrema izquierda), habría sido tomado por un cansino ejercicio de victimismo melancólico mezclado con avaricia y una enorme dosis de arrogancia. Sin embargo, al enfrentarse a un país sin autoestima, a los nacionalismos les funcionó el envite: bajo el disfraz de un orgullo (absolutamente legítimo) por su lengua, costumbres e instituciones históricas, crearon un “memorial de agravios” artificiosamente construido que, repetido como un mantra, se convirtió en el ariete que demolería la unidad nacional edificando un desleal proyecto independentista basado en el odio a España. Y España, como toda persona sin autoestima, como toda víctima de maltrato, tendió a justificarlo y a aceptarlo incluso con cierto sentimiento de culpabilidad. Todo gesto conciliador, toda cesión competencial, toda muestra de respeto era interpretado por los nacionalistas como una debilidad y no hacía otra cosa que enardecerlos. Ciegos a esta abrumadora evidencia empírica, aún hoy algunos ilusos siguen creyendo que el apaciguamiento funcionará.

El actual golpe de Estado que tiene secuestrado a la mitad de los ciudadanos catalanes y pretende crear una República Nacional Socialista en Cataluña no es más que el culmen de este proceso. Podría creerse que la complicidad manifiesta del gobierno con los golpistas, torpedeando la acción del Tribunal Supremo, bordeando el delito de omisión del deber de las autoridades de perseguir los delitos y a sus responsables (art. 408 del Código Penal) y dando por tanto la razón a los nacionalistas en su insidiosa campaña de difamación internacional, se debe sólo a un interés político cortoplacista, pero en realidad tiene la lógica de quien comparte con los nacionalistas una determinada y muy negativa visión de España. Esclavo de esa negatividad ideológica, este PSOE de hoy (¿dónde está el socialismo de los ochenta?), títere de los leninistas y aliado de la anti-España, liderado por el desenterrador de cadáveres, de tics autoritarios y ademán violento, de inaudita levedad y nulo respeto por el Estado de Derecho, está a un tris de declarar ilegítimo el sistema de libertades democrático y monárquico del 78 que defiende la unidad de nuestra nación y de contribuir al cambio de régimen que pretenden los leninistas. O recuperamos nuestro orgullo y defendemos España o desaparecemos. Un país no puede ser gobernado por quien intenta destruirlo.

 

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

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