España, enjaulada y arrastrada a la ruina

Publicado en Expansión

Holanda y Francia han anunciado que abrirán los colegios de primaria en unos días, Dinamarca ya lo ha hecho, Alemania permite la apertura de algunos pequeños comercios y Austria, además, lo extenderá a centros comerciales, bares y restaurantes durante las próximas dos semanas. En España hay regiones enteras menos afectadas por el virus que varios de esos países, pero los carceleros Sánchez e Iglesias, felices en su papel de dictadores del estado de alarma (con sólo 120 y 35 escaños), y tan atónitos como encantados ante la asombrosa pusilanimidad del principal partido de la no-oposición, nos mantienen enjaulados y alargan el arresto domiciliario con un cuentagotas de suavizaciones caprichosas apuntaladas por sus desacreditados “expertos”.

Las normas drásticas y en ocasiones absurdas impuestas a raíz de la pandemia no son fruto de una planificación y de una reflexión serena, sino que están basadas en el pánico tanto o más que en la escasa evidencia científica, carente de datos fiables. De hecho, un confinamiento de la población tan alargado e inhumano es objeto de controversia en otros países más libres que España, por su vulneración de derechos fundamentales, su demoledor efecto económico, que puede provocar una depresión y penuria sin precedentes, y sus silenciados daños colaterales para la salud física y mental de la población (riesgo cardiovascular por inactividad, riesgo inmunológico en ausencia de exposición solar, ansiedad, depresión, etc.). También se cuestiona por razones científicas: el prestigioso epidemiólogo de Stanford John Ioannidis afirma escéptico que “no sabemos si estas medidas funcionan”. En España llevamos 40 días de confinamiento parcial o total por un virus cuyo período medio de incubación es de sólo 5 días (máximo 14), y durante este período hemos pasado de 288 muertos a quizá 34.000 (según datos autonómicos). Sin duda, los hogares y los hospitales, con sus sanitarios desprotegidos, han continuado siendo focos de contagio, pero necesitamos una lectura fría de estos datos. Por otro lado, el confinamiento tiene difícil salida (por miedo permanente a un repunte) y puede provocar un efecto rebote de laxitud en una población lógicamente desesperada ante su encierro. En definitiva: es una medida tan frágil como insostenible.  Por todo ello, quizá haya llegado el momento de buscar alternativas sostenibles identificando, mediante la regla 80/20, los factores clave más eficientes en reducir la transmisión que no supongan costes inasumibles. Eso implicaría pasar a medidas basadas en el distanciamiento, la responsabilidad personal, el sentido común, el interés general y Estado de Derecho; no en el confinamiento indiscriminado, la coacción, el pánico, el interés político y el estado policial. Podrían incluir el uso de guantes y mascarillas en espacios públicos cerrados y limitaciones de aforo, y distinguirían entre enfermos, sanos e inmunizados (¿dónde están esos test?), entre población de riesgo y normal, entre entornos cerrados y ventilados, entre provincias con distinta prevalencia y densidad de población, entre el campo y la ciudad, entre una fábrica robotizada y otra donde los operarios trabajan codo con codo. Hay países (y estados de EEUU) que han tomado este camino y aparentan tener, sorprendentemente, curvas de contagio similares a las de lugares confinados. Aunque correlación no implique causalidad, incluso Suecia, con su criticado modelo (que aún es prematuro juzgar), sólo ha tenido 225 muertos por millón de habitantes manteniendo escuelas, centros de trabajo y restaurantes abiertos, frente a los 720 muertos/millón de España, la cifra más alta del mundo.

Para combatir el pánico conviene aclarar la confusión generalizada entre lo probable, lo posible y lo comprobado. No se puede equiparar el escenario más probable a cada escenario remota pero teóricamente posible, ni tampoco desacreditar a priori todo lo que no se pueda afirmar con absoluta certeza: la vida es incertidumbre. El SARS-CoV-2 es una enfermedad nueva de la que aún sabemos poco, luego hay poco “comprobado”. No obstante, existen indicios que no podemos ignorar y que alumbran escenarios probables. Por ejemplo, es probable (pero no seguro) que sea estacional y que en verano y comienzo de otoño su prevalencia sea baja. Tenemos al menos tres evidencias, de distinto peso: primero, “los virus con envoltorio o cápsula [como el SARS-CoV-2] presentan una estacionalidad muy, muy definida”, según varios estudios que apuntan a factores ambientales como la temperatura y la humedad (Science, 13-3-20 y otros). Segundo, el coronavirus parece estar teniendo menor prevalencia en zonas más calurosas y en el otoño austral que en zonas más frías y en la primavera boreal. Y tercero, la carga viral parece estar disminuyendo claramente conforme avanza la estación, según afirma un alto responsable hospitalario. Por lo tanto, lo probable es que en el hemisferio norte el coronavirus tenga poca actividad en los próximos meses y podamos llevar una vida bastante normal. Si en invierno volviera otra ola de contagios deberíamos estar preparados para realizar una contención temprana como en Taiwán o Corea del Sur (ya con mascarillas, test, respiradores y, a ser posible, responsables que se enteren), descartando más confinamientos. Por lo tanto, y sin perjuicio de establecer planes de contingencia, si el interés del gobierno fuera superar cuanto antes esta situación de excepcionalidad trabajaría sobre este escenario probable tan esperanzador (especialmente para el turismo, el 10% del PIB y 13% del empleo), agilizando la vuelta a la normalidad en vez de poner lastre, transmitiendo seguridad en vez de titubeo y concretando, en vez de zigzaguear con vaguedades.

Un obstáculo es su desmedida ambición de poder y su ideología de vocación totalitaria. En efecto, aparenta querer aprovechar la situación para cronificar un poder sin límites constitucionales y transformar nuestra economía en un régimen social-comunista donde el Estado controle todo. Así, los mismos responsables del confinamiento más opresivo y de la peor gestión de la epidemia del mundo (que no han sabido comprar unas mascarillas) se postulan como cualificados planificadores económicos bajo la consigna del “nada volverá a ser como antes”, que no es predictiva sino desiderativa, es decir, no predice un resultado inexorable, sino que formula un deseo.

El filósofo Jean-François Revel nos recordaba en su obra El Conocimiento Inútil que la ideología “debe defenderse sin tregua contra el testimonio de los sentidos y de la inteligencia, contra la propia realidad, lo que le lleva a aumentar de día en día la dosis de mentira requerida para hacer frente a la evidencia”. Sin duda, el mayor enemigo de la ideología comunista es la realidad: por eso miente constantemente, como vemos en un gobierno en el que, por defecto, todo, siempre, es mentira. ¿Qué nos dictan los sentidos y la inteligencia de la gestión comunista de la epidemia? Que ha sido un caos, un completo desastre, que el sector privado ha sido muchísimo más eficiente que el público en hacerse con suministros, que el intervencionismo kafkiano y la estúpida fijación de precios han provocado, como siempre, desabastecimiento, y que el altruismo y lucidez de tantas empresas e individuos ha contrastado con el engaño y la ignorancia de los políticos, cuyo desconocimiento de la realidad social y empresarial causa estupor. Fiel a su historial sin excepciones, el comunismo sólo sabe crear pobreza y opresión. En eso sí que son verdaderos expertos.

Más allá de que su negligencia inicial y su persistente incompetencia hayan agravado la tragedia que estamos viviendo, este gobierno supone una amenaza creciente para España. Nuestro Estado de Derecho está siendo vandalizado a ojos vistas ante la pasividad general, y la única reacción institucional ha sido el recurso al Tribunal Constitucional anunciado por la, hasta el momento, única oposición real. A la vez, el alargamiento del confinamiento amenaza con reducir a escombros nuestra economía haciéndonos cruzar una línea de no retorno. Nuestra única esperanza es una vuelta, prudente pero ágil, a la normalidad social, económica y legal. Sin embargo, este gobierno subversivo arrastra los pies de forma sospechosa y continúa bombardeando con napalm la libertad, la economía y la ley. En Venezuela la pobreza y la opresión duran ya dos décadas: ¿es el estado de alarma la antesala bolivariana de la ruina y la tiranía?

 

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

www.fpcs.es

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