El Proyecto Miedo y la tiranía de los inútiles

Publicado en Expansión

El mayor responsable de esta España claustrofóbica, triste y arruinada no es el Covid sino la tiranía de los inútiles, su ineptitud, su mentira y su indiferencia ante el sufrimiento ajeno. No liguen estas medidas dictatoriales propias de un estado de guerra con la situación epidemiológica, porque esta pesadilla típicamente comunista de prohibiciones, salvoconductos y controles policiales no está sostenida ni por la ciencia ni por la evolución del virus. ¿Qué siniestro experimento masivo de control de la población es éste que busca que permanezcamos deprimidos y asustados? Los títeres del Proyecto Miedo se inventan nuevos caprichos de tirano como los límites sobre dónde y con quién celebrar Nochebuena y Navidad. La regla de seis o de diez, elegida absolutamente al azar, “no tiene ninguna evidencia científica que lo respalde”, según el CEBM de la Universidad de Oxford[1], y así con todo. Una epidemia, utilizada como coartada, ¿permite todo? ¿No hay límites? ¿Carecemos acaso de derechos inalienables que ningún político puede arrebatarnos o estamos a sus expensas incluso dentro del sanctasanctórum de nuestro hogar? ¿Dónde quedan la libertad y responsabilidad individuales, dónde el Estado de Derecho, dónde su guardián, el Tribunal Constitucional, que sigue sin pronunciarse (¡ocho meses después!) sobre el alcance de un estado de alarma ahora permanente que conculca los derechos del Título I de toda la población por primera vez en la democracia? Su escandaloso silencio certifica su inutilidad como baluarte de la Ley y justifica a quienes lo ven como un mero apéndice del Congreso. Los partidos de la no-oposición callan en cómodo silencio y la sociedad civil se limita a balar aborregada bajo el dominio de la nueva inquisición neonazi, que se dedica a coser en amarillo la palabra “negacionista” (¡qué desfachatez!) en la solapa de quienes simplemente miran los números. Mientras, los medios aterrorizan a la población publicitando casos estadísticamente insignificantes: primero, los poquísimos casos graves en jóvenes y adultos sanos; luego, los supuestos casos de Kawasaki en niños pequeños (hoy “desaparecidos”); y ahora, las infrecuentes secuelas de más de 12 semanas de duración (el 2% de los casos[2], según una estimación), generalmente leves[3] (algunas, indistinguibles de somatizaciones, de secuelas de otras enfermedades o del paso prolongado por la UCI), y de las que apenas hay evidencia documentada tras 10 meses de epidemia y 760 millones de personas probablemente contagiadas en el mundo, según la OMS[4] (lo que implicaría una tasa de letalidad IFR del 0,2%, el doble que la gripe estacional). Sólo les falta cebarse en los contadísimos casos de reinfección, aunque probablemente pasarán de puntillas sobre este asunto para no estropear el negocio prometeico de las (harto dudosas) vacunas.

La propaganda insiste en el número “oficial” de casos detectados, una variable que apenas ofrece información (como confirmaron las pruebas de seroprevalencia, a su vez limitadas), que depende de cuántas pruebas se realicen y que no distingue casos asintomáticos o leves de graves. Además, sabemos desde abril[5] que “el hecho de que el test PCR dé positivo no implica necesariamente que la persona sea contagiosa”[6], pues puede confundir materia vírica inerte con infección activa[7] al amplificar la señal genética del virus. En EEUU hasta el 90% de las personas habrían dado positivo sin apenas carga viral, lo que significa que se estaría aislando innecesariamente a nueve de cada diez personas[8]. La mayor parte de los PCR utilizados en Europa realizan hasta 35 o 40 ciclos de amplificación cuando a partir de un umbral de ciclo (Ct) de 35, el 97% de los positivos tiene un cultivo viral negativo[9]. Aún más grave, una recientísima revisión de expertos ha identificado “errores preocupantes y falacias inherentes que hacen que la prueba PCR para el SARS-CoV-2 sea inútil[10]”. Relean la frase.

El número de hospitalizados es más relevante, pero depende de criterios subjetivos de hospitalización en función del nivel real o esperado de saturación hospitalaria. Los ingresos en UCI son más representativos y un indicador adelantado de fallecimientos, pero la verdadera variable a seguir es el número de muertes “por” Covid, distinta de quienes fallecen “con” Covid pero de otras patologías (según la Universidad de Oxford, un tercio de fallecidos asignados en verano al Covid en Inglaterra fallecieron de otras causas[11]). Pues bien, utilizando el número de muertes como variable más fiable, resulta cuestionable el uso no cuantificado de “segunda ola”: algunos focos que sufrieron mucho en abril han vivido un otoño sin un aumento estadísticamente significativo de la mortalidad, no así los que en abril apenas sintieron la epidemia. En Madrid, por ejemplo, ha habido un 80% menos de muertes medias diarias por Covid que en primavera y parece estar cerca ya de la inmunidad de rebaño, lo que explicaría su positiva evolución relativa.

La inmensa mayoría de medidas gubernamentales no son ciencia sino paripés políticos epidemiológicamente inoperantes. En efecto, los datos nacionales e internacionales muestran que el virus hace lo que le da la gana de forma natural con o sin estas medidas indiscriminadas, probablemente contraproducentes. En Madrid, donde cada año muere el 0,70% de la población, ha muerto por Covid menos del 0,28% de la población, frente a un 0,29% en Nueva York y un 0,24% en Lombardía. Sin embargo, en la región de Estocolmo, donde no ha habido ni confinamiento ni mascarillas, sólo ha muerto el 0,12% de la población. Aunque la mortalidad total del Covid eluda explicaciones simplistas por ser multifactorial (inmunidad previa, porcentaje de población de riesgo, densidad de población, superficie de hogar per cápita, niveles de vitamina D, raza o etnia, clima, gestión política, sistema sanitario, etc.), estos datos invitan a la reflexión.

“Es momento de terminar con este alarmismo”, afirma un prestigioso virólogo alemán[12]. Perdamos el miedo supersticioso, verdadera arma de dominación: el SARS-CoV-2 no es un virus con superpoderes, sino un virus respiratorio más con el que tenemos que convivir, leve para la inmensa mayoría de la población y potencialmente grave para una minoría de riesgo. Combatámoslo desde la evidencia científica, sin variantes de confinamiento “que han fracasado estrepitosamente en todos los países, sin medidas que afecten a los niños, que juegan un papel menor en la transmisión, o a actividades en el exterior, que tienen un riesgo bajísimo[13]”, en palabras de un epidemiólogo británico. La farsa de las mascarillas al aire libre (donde es dificilísimo contagiarse[14]) o en niños es criticada por otros expertos que describen las mascarillas obligatorias como maniobra de “distracción cuyas consecuencias negativas no deseadas superan sus beneficios[15]”. Sabiendo también que la transmisión indirecta a través de superficies contaminadas es improbable, distingamos entre el necesario refuerzo de la higiene de manos y un fregoteo obsesivo-compulsivo que enferma. Limitemos el aislamiento, pues sabemos desde marzo que los leves no contagian 8-10 días después de comenzar los síntomas[16], y afrontemos el invierno con sereno realismo: el probable repunte de Covid, sobre todo en zonas con menor inmunidad previa, será atenuado por una probable reducción de la gripe (la evidencia internacional tras el invierno austral apunta a una reducción del 98% en la gripe estacional[17]). Recuerden que en España ha habido 25.000 muertes relacionadas por la gripe en los últimos tres años[18] (sin titulares).

Para los creyentes, Aquel cuyo nacimiento conmemoramos en Navidad es Vida que vence a la muerte y Luz que disipa las tinieblas. Este año, especialmente, debemos aferrarnos a esta esperanza para mantener viva la llama de la libertad que quieren arrebatarnos mediante el miedo y la ignorancia. Exijamos recuperar la normalidad mientras protegemos a la población de riesgo, única que necesita ser protegida. Basta ya de experimento totalitario, de terror y de mentiras.

 

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

www.fpcs.es

[1] Boris Johnson needs to bin the rule of six | The Spectator

[2] Attributes and predictors of Long-COVID: analysis of COVID cases and their symptoms collected by the Covid Symptoms Study App | medRxiv

[3] Long-Term Effects of COVID-19 | CDC

[4] WHO Estimates Coronavirus Infected 10% Of World’s Population (forbes.com)

[5] A Virologist Explains Why COVID-19 Coronavirus Isn’t Really Dangerously Lingering On Surfaces For Weeks (forbes.com)

[6] Guidelines for COVID-19 testing and quarantine of air travellers (europa.eu)

[7] South Korea Says Patients Who Retested Positive After Recovering Were No Longer Infectious (forbes.com)

[8] Your Coronavirus Test Is Positive. Maybe It Shouldn’t Be. – The New York Times (nytimes.com)

[9] Correlation Between 3790 Quantitative Polymerase Chain Reaction–Positives Samples and Positive Cell Cultures, Including 1941 Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus 2 Isolates | Clinical Infectious Diseases | Oxford Academic (oup.com)

[10] Review report Corman-Drosten et al. Eurosurveillance 2020 – CORMAN-DROSTEN REVIEW REPORT

[11] Almost one third of Covid deaths in July and August ‘primarily caused by other conditions’ (telegraph.co.uk)

[12] We can beat Covid without lockdowns, says top German virologist (telegraph.co.uk)

[13] Lockdown failed. We must follow the Swedish model and learn to live with Covid (telegraph.co.uk)

[14] Masks Are a Distraction From the Pandemic Reality – WSJ

[15] Íbid.

[16] People ‘shed’ coronavirus early, but most likely not infectious after recovery (statnews.com)

[17] Decreased Influenza Activity During the COVID-19 Pandemic — United States, Australia, Chile, and South Africa, 2020 | MMWR (cdc.gov)

[18] Carga de enfermedad de la gripe estacional (isciii.es)

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