El hombre libre, o piensa por sí mismo…

Publicado en Expansión

…o pronto deja de serlo. Señores: hay que espabilar. Si queremos ser ciudadanos libres que viven en países libres tenemos que comenzar a pensar por nosotros mismos como si fuéramos adultos y dejar de tragarnos del tirón lo que leemos, oímos o vemos sin pasarlo por el filtro de la razón y del sentido común. Es esencial preservar nuestro escepticismo, esa “castidad del intelecto”, que decía Santayana, particularmente si la información atañe a los que ostentan el poder. Llevamos ya un siglo de experiencia en el uso masivo de la propaganda por parte de los gobernantes para manipularnos y justificar sus patológicas ansias de poder y tenemos la experiencia de milenios de cómo el poder corrompe al individuo, en su moral y en su capacidad de juicio, como para seguir haciendo el tonto con una inocencia que no es más que ignorancia culpable.

“La primera víctima de la guerra es la verdad.” Sin duda: es en la guerra cuando la propaganda se hace más agresiva, puesto que el poder debe justificar moralmente el asesinato, muchas veces masivo, de seres humanos. La despersonalización y demonización del enemigo permite que los propios soldados y los ciudadanos utilicen inconscientemente un doble rasero para juzgar la pérdida de vidas humanas de un bando y de otro, transformando lo que suelen ser intereses bastardos o una búsqueda de mayor poder en una falaz pelea entre buenos y malos, que así queda legitimada. Sin prejuzgar lo ocurrido e ignorando cuánto hay de cierto en lo que nos cuentan, utilicemos el presunto ataque químico en Siria como ejemplo reciente. ¿Qué preguntas se habría hecho un ciudadano libre? Prácticamente las mismas que se habría hecho un periodista libre (esa especie en extinción) que quisiera ser fiel a su misión principal como primera línea de defensa de la ciudadanía frente al abuso de poder de los gobernantes.

La primera pregunta para intentar comprender lo ocurrido no es precisamente nueva. Hace 2.000 años, el gran Séneca (nacido en Hispania) escribía: “cui prodest scelus, is fecit”, esto es: “a quien un crimen aprovecha, ése lo cometió”. ¿Cui prodest? ¿A quién beneficia esto? Pensemos. El gobierno sirio ha ganado una guerra enmarcada en el laberinto de Oriente Medio que nada ha tenido de lucha entre dictadura y democracia, poco de guerra civil y mucho de un intento de cambio de régimen dentro de un pulso de poder regional (entre Arabia Saudí, con el coyuntural apoyo israelí, e Irán) y también mundial (entre EEUU, con sus adláteres habituales, y Rusia). El lado opositor estaba sospechosamente plagado de mercenarios del Estado Islámico y similares, mientras que en el lado “oficial” luchaba el ejército sirio, que estaba acabando con las últimas posiciones enemigas y que, después de un largo sitio, en pocas horas iba a entrar en Duma. ¿Por qué iba el régimen a arriesgarse a realizar un ataque químico que acarrearía una respuesta occidental (de la que ya había precedentes) en una acción que no le iba a reportar ventaja militar alguna? Las armas químicas son utilizadas como último recurso por aquellos que van perdiendo; son un signo de debilidad, y Assad va ganando. Por lo tanto, el cui prodest aleja de la lista de sospechosos al régimen sirio y coloca el foco de la sospecha en sus opositores. La segunda pregunta sería: ¿en qué consistía exactamente el objetivo militar y por qué era tan vital y no podía alcanzarse con éxito utilizando armas convencionales? La falta de una respuesta clara alimenta la sospecha. Tercera pregunta: ¿es una casualidad que el supuesto ataque químico haya tenido lugar la misma semana en que Trump anuncia la retirada de tropas norteamericanas?  Y última pregunta: ¿por qué, una vez realizado el bombardeo, gran parte de la prensa occidental (“los buenos”) echa tierra sobre el asunto hasta el extremo de intentar silenciar a prestigiosos expertos militares que cuestionan la autoría del supuesto ataque químico (entre ellos, un ex Almirante Jefe de la Armada británica)? Obviamente, el intento de silenciamiento no suele ir de la mano de la búsqueda de la verdad. La última pista que debiera llevarnos a un sano escepticismo, a falta de mayores pruebas, es la limitadísima y electoralista reacción de EEUU, Reino Unido y Francia que, de ser “proporcionada”, indicaría que ellos saben perfectamente que no hubo tal ataque químico (dicho sea de paso, el objetivo de la represalia no ha sido un supuesto almacén de armas químicas que, como es lógico, no conviene hacer explotar). Por cierto, Francia concedió en 2001 a “Animal” Assad nada más y nada menos que su más alta condecoración, la Legión de Honor (ahora entonan el je suis désolé, etc.).

El ciudadano libre también podría seguir haciéndose preguntas más profundas y quizá más incómodas. Si para lanzar un ataque con misiles contra un país soberano sin cobertura legal ni previa declaración de guerra hacen falta menos pruebas que para multar a una persona por exceso de velocidad, ¿no nos encontramos en una peligrosa situación de anarquía internacional donde ya no existen reglas y sólo impera la ley del más fuerte? ¿Por qué las muertes causadas por armas químicas deben ser mayor piedra de escándalo que las muertes causadas por armas convencionales? ¿Acaso unas víctimas están menos muertas que las otras? ¿Acaso sus seres queridos sienten menos dolor por la pérdida? ¿Por qué las “bajas colaterales” causadas por “los buenos” son menos horripilantes que las causadas por “los malos”?  Y otra más: ¿por qué está prohibido el uso de armas químicas y no el de las nucleares, tan disuasorias como potencialmente apocalípticas? ¿Tiene que ver sólo con la defensa de principios humanitarios o también con la protección (posiblemente imprescindible) de un oligopolio de poder por parte de los pocos países que pertenecen al club nuclear?

Desconozco si hubo un ataque químico o si todo fue un montaje y, en su caso, quién fue el responsable, y dudo que jamás lo sepamos con certeza. Sin embargo, es irrelevante que en ocasiones nos equivoquemos cuando extraigamos conclusiones lógicas con la limitada información disponible. Lo importante es que, deteniéndonos a pensar, protegemos nuestra libertad haciendo más difícil a quienes ostentan el poder la manipulación y el abuso. Dejamos de ser mansos corderitos que sólo saben balar y nos transformamos en seres humanos, con la dignidad que nos corresponde.

La defensa de la verdad es fuente de libertad y, por tanto, existe una relación directa entre la pavorosa falta de respeto a la verdad de hoy en día y la preocupante y creciente pérdida de libertad personal que sufrimos. O comprendemos que la defensa de la libertad implica una activa y tenaz defensa de la verdad y un esfuerzo constante por no dejarnos avasallar o pronto dejaremos de ser libres. Sin duda, la vida del hombre libre no es cómoda,  pero no fuimos creados para ser esclavos. No es ésa nuestra naturaleza, y no debería ser nuestro destino.