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Cambio climático

¿Cambio climático? Frío, frío…

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

16 de noviembre de 2017

La madre de todas las falacias del ecologismo actual, y de lejos la más peligrosa, es el llamado cambio climático, probablemente la mayor patraña político-ideológica de todos los tiempos o, si prefieren, “el peor escándalo científico de la historia”, en palabras del Dr. Kiminori Itoh, experto en Meteorología Medioambiental de la Universidad de Yokohama.

Las premisas pseudocientíficas de la ideología del cambio climático son cuatro: el planeta está en máximos históricos de temperatura, la temperatura está exclusivamente determinada por el CO2 producido por la actividad humana, las consecuencias del aumento de temperatura serán catastróficas, y existe un amplio “consenso” científico al respecto. Las cuatro son falsas.

En el último millón de años de historia climática del planeta Tierra se han alternado glaciaciones y períodos interglaciares con temperaturas mucho más cálidas (como en el que ahora, afortunadamente, nos encontramos). Desde de la última glaciación (hace unos 12.000 años) la Tierra ha estado tan templada como ahora durante un período de quizá 4.000 años, incluyendo el máximo del Holoceno (en tiempos del Antiguo Egipto), y más recientemente, el Período Caliente Medieval (del s. X a finales del s. XIV). Durante el s. XX las temperaturas aumentaron hasta 1940, disminuyeron desde 1940 hasta 1975 (por aquel entonces el incipiente alarmismo ecologista asustaba con la llegada de una nueva Edad de Hielo causada, cómo no…por la actividad humana), volvieron a aumentar desde 1975 hasta 1998 y no han variado de forma significativa desde entonces (la llamada “pausa” del calentamiento). Los datos por satélite muestran un calentamiento total en la baja troposfera de 0,4°C  (desde 1979, un año frío) y un ligero enfriamiento en la estratosfera. Primera pregunta: si el clima ha estado variando constantemente desde el albor de los tiempos, ¿cómo va a ser la industrialización la responsable de las variaciones climáticas? Si desde hace millones de años y hasta mediados del s. XX el clima cambiaba por causas naturales, ¿cómo puede ser que ahora, cambie, mágicamente, por la actividad humana?

El CO2 o dióxido de carbono, escandalosamente estigmatizado por la propaganda ecologista como “contaminante”, es uno de los pilares básicos de la vida en el planeta, alimento por antonomasia de los árboles, de las plantas y de los cereales con los que nos alimentamos (de hecho, gracias al aumento del CO2 la Tierra es significativamente más verde, como confirman los satélites de la NASA). El CO2  supone sólo el 0,04% de la atmósfera, del que a su vez sólo un 3% procede de la actividad humana (o sea, 1 molécula de cada 85.000). Cada vez que respiramos, de forma natural e inocua, expulsamos CO2 con una concentración 100 veces superior a la que hay hoy en día en la atmósfera, luego para los ecologistas los seres humanos somos contaminantes por el mero hecho de respirar. Su efecto invernadero es escaso; de hecho, el gas de efecto invernadero más importante (jamás citado como tal por la propaganda ecologista por ser difícil de demonizar) es el inofensivo vapor de agua, con una concentración 50 veces superior al CO2. Para más inri, los datos paleo-climatológicos indican que, históricamente, el CO2 ha aumentado unos 800 años después del aumento de temperaturas, lo que significaría, en caso de que la correlación implicara causalidad, que es el aumento de temperatura el causante del aumento de CO2, y no al revés. Por lo tanto, pretender que el CO2 de origen humano es el principal factor explicativo de la variación de temperaturas niega la evidencia científica sobre el CO2 y omite interesadamente factores mucho más importantes y correlacionados como la actividad solar (fuente de calor de la galaxia), las oscilaciones oceánicas o las nubes. Por todo ello, dicha teoría “ni siquiera es científica”, afirma el físico y veterano de 35 años en la Agencia de Protección Medioambiental estadounidense Alan Carlin, autor de Environmentalism Gone Mad. En realidad, como aclara el Dr. Tennekes, ex Director de Investigación del Real Instituto Meteorológico de Holanda, “sólo comprendemos el 10% de las causas las variaciones climáticas”, un sistema complejo, no lineal y caótico.

Sin el miedo creado por una amenaza apocalíptica, que no es más que una amenaza de muerte, resultaría impensable que la población aceptara los tres resultados de las políticas anti-cambio climático, de las que nunca se habla: un aumento del poder del político, un sustancial empobrecimiento y una significativa pérdida de libertad. Las consecuencias supuestamente catastróficas del calentamiento no son más que elucubraciones fantasiosas sin valor científico alguno que desafían, de nuevo, los datos y la lógica. Sabiendo que cada año el frío mata 17 veces más personas que el calor (The Lancet, 2015) y que la biodiversidad es obviamente mucho más rica en los climas más templados, ¿por qué habríamos de temer un ligero, paulatino y natural aumento de temperaturas en este pico milenario de ciclo interglaciar? Últimamente, el catastrofismo ecologista se ha sacado otro conejo de la chistera. Recuerden que inicialmente la consigna hablaba de “calentamiento global”, y que luego mutó a “cambio climático”, mucho más vago y más amplio (llueva o no llueva, haga calor o frío siempre es culpa del hombre). Hoy la consigna es el supuesto aumento de los fenómenos meteorológicos extremos (huracanes, inundaciones, sequías, etc…). Esto es tan falso que incluso el sesgado y políticamente controlado Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU (IPCC) se ha visto obligado a reconocer que “no existe ninguna tendencia al alza significativa en la frecuencia de ciclones tropicales a nivel global (…), ni  hay suficiente evidencia sobre el aumento de sequías desde mitad del s. XX, ni tampoco sobre la magnitud o la frecuencia de inundaciones a nivel global” (IPCC Assessment Report 5). Ello no obstante, la propaganda ecologista aprovecha la extensa cobertura mediática de la que siempre gozan los fenómenos extremos (aunque sean tan cíclicos como El Niño o los huracanes) para continuar ligándolos al cambio climático.

¿Y qué decir del consenso? Nunca existió tal cosa, sino una campaña de intimidación inaudita para silenciar a los miles de científicos escandalizados ante el secuestro de la ciencia perpetrado por el ecologismo y el poder político. Déjenme que les ponga un ejemplo. En el 2014 el meteorólogo sueco Profesor Bengtsson había aceptado formar parte de una fundación británica escéptica ante la teoría del calentamiento global de origen humano. Tuvo que dimitir, como explicó por escrito, porque había sido sometido “a una presión tan enorme, tan virtualmente insoportable para mí, que si continúa seré incapaz de llevar a cabo mi trabajo e incluso comenzaré a preocuparme por mi salud y mi seguridad física”. Este fue el vergonzoso bullying realizado a un científico de 79 años de edad. A pesar de ello, la evidencia empírica se está abriendo paso frente a la opresión política y sólo en los últimos dos años han salido a la luz más de 1.000 estudios en publicaciones científicas defendiendo que las variaciones del clima son fundamentalmente naturales y no fruto de la actividad humana, como opina el Premio Nobel de Física Robert Laughlin (“por favor mantengan la calma, no tenemos poder para controlar el clima, cuya variación es una cuestión de tiempo geológico que la Tierra hace de forma rutinaria sin pedir permiso a nadie ni dar explicaciones”) y su colega (también Premio Nobel) Ivar Giaever (“soy un escéptico; el calentamiento global se ha convertido en una nueva religión”).

Richard Lindzen, eminente físico atmosférico autor de varios libros y profesor durante 20 años en el prestigioso M.I.T, es rotundo: “el calentamiento global trata de política y de poder más que de ciencia”. En efecto, la verdadera amenaza no es ningún cataclismo futuro, sino una peligrosa ideología totalitaria que, embozada tras sus supersticiones pseudocientíficas, ya está adoctrinando a los niños con los libros escolares y a los adultos con el constante martilleo de la propaganda mediática. No se dejen embaucar.

 

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