Bancos malos y malos bancos (I)

Publicado en Expansión

El mejor banquero español del último medio siglo fue un personaje extraordinario. Dirigió con maestría un banco desde 1966 hasta 1990 y lo aupó al primer puesto mundial en rentabilidad sobre recursos propios, a la vez que mantenía un balance robusto. No confundió nunca tamaño con fortaleza, como diría un gran empresario amigo mío. A su éxito profesional sumó una vasta inquietud humanista, una hombría de bien reconocida por todos y una espiritualidad profunda. Me refiero, cómo no, a Rafael Termes, fallecido en el 2005. Pues bien, algunos años antes de su muerte, con la sabiduría y la libertad que le otorgaba su avanzada edad, detalló en una entrevista cuáles eran las virtudes que debía tener el banquero ideal (fuente: capitalismo.com; versión íntegra en web.iese.edu). Decía que la más importante era la prudencia, con la que el banquero debía asegurar, “hasta donde fuera humanamente posible, la devolución del principal y la efectiva percepción de intereses”; vulneraban esta obligación moral los banqueros que realizaban ”inversiones aventuradas”. En segundo lugar y con relación a los clientes, el banquero debía “respetar la libertad de las personas, a las que hay que informar en forma concreta e inteligible (…) sin abusar cuando se trata de un cliente cautivo (…)”. También “ha de evitar despilfarrar los recursos en (…) el fomento exagerado de la propia imagen, el control de medios de información o de grupos de presión al objeto de manipular la información que afecta a la entidad”. Otra virtud que el banquero ha de tener en gran estima, añadía, es la veracidad; se opone a ello “la práctica de generar beneficios ficticios (…) y el empleo de cualquier otro artificio contable para presentar resultados no reales; por otro lado, la veracidad obliga a informar a los accionistas de forma cierta, clara y puntual sobre la marcha de la entidad y sus resultados”. Terminaba diciendo que, si bien la prudencia era la virtud esencial del banquero, “la templanza era la virtud que debía adornarlo, bajo las muy diversas formas de austeridad, sobriedad, discreción y modestia”. Parecen conceptos de otra época, ¿verdad? ¿No será esta sensación sencillamente el reflejo de la pavorosa pérdida de valores de nuestra sociedad? Porque no se trata de pasar a nuestros banqueros por un tamiz más fino que a los demás. Se trata de entender que hay otra manera de hacer las cosas a través del contraste entre el banquero ideal y el comportamiento casi unánime (casi) de nuestro sector financiero. Esa “otra manera” rechaza préstamos imprudentes, colocaciones entre clientes minoristas de leoninos bonos convertibles o acciones propias en salidas a Bolsa meses antes de una intervención, mitificaciones de banqueros normales y corrientes gracias al “fomento exagerado de su propia imagen” (con el dinero de sus accionistas) y un largo etcétera.

Pero la Gran Crisis de Deuda que estamos sufriendo no es sólo responsabilidad de los bancos, o de la ineptitud, negligencia y, en algún caso, dolo de los políticos y sindicatos que controlaban las cajas. Ya saben, las que financiaban la construcción de aeropuertos en mitad del desierto. Los Bancos Centrales (en nuestro caso, BdE y BCE), supervisores relajadísimos y condescendientes, crearon, fomentaron y jalearon, con su proverbial arrogancia e ilusión de control, la orgía de crédito que ahora amenaza con destruirnos. Los políticos nacionales, sin enterarse absolutamente de nada, afirmaron con entusiasmo aquello de que España iba bien, luego que no había crisis y, finalmente, que veían brotes verdes (después de fumarlos, supongo). Finalmente, y en honor a la verdad, esta crisis no podría haber ocurrido sin la concurrencia del prestatario, es decir, de todos aquellos que, en nombre propio o de la empresa que dirigían, se endeudaron voluntaria y libremente. La vieja excusa de “me dio de comer (el fruto prohibido) y comí” no vale en el mundo de los adultos.

¿Cómo elegimos enfrentarnos en nuestro país a esta crisis bancaria propiciada por la Gran Crisis de Deuda? Pues de forma profundamente equivocada, basándonos en dos nefastos pilares: ocultación y dilación.  Dicho con claridad y sencillez, consistió en mentir sobre el valor real de los activos de las entidades financieras y posponer lo inevitable esperando un milagro que nunca llegaría. Esto nos ha llevado a la total pérdida de credibilidad que ahora soportamos. Los bailes de cifras de déficit y la creciente constatación internacional del ruinoso Estado autonómico han hecho el resto. No parece serio hablar de un problema de imagen de la desconocida marca España, de conspiraciones de la prensa anglosajona o de los “ataques” de los mercados (siempre malísimos, naturalmente, sobre todo cuando bajan). Este lenguaje es pueril. No se trata de imagen, sino de un grave  y muy real problema de fondo. La desconfianza, por tanto, está justificada. Es extraño que España haya sufrido la mayor burbuja inmobiliaria del mundo desarrollado y: a) los precios de la vivienda apenas hayan caído la mitad que en EEUU y b) quien la financió apalancado veinte veces no se encuentre con un problema de insolvencia. Nuestros bancos y cajas llevan cuatro años ampliando su balance, dando beneficios y repartiendo dividendos como si no pasara nada. Sus activos tóxicos han sido disimulados bajo un manto de refinanciaciones selectivas (a los grandes, sí; a los pequeños, que les zurzan) y reposesiones de garantías reales valoradas a precios de fantasía. Se han dotado insuficientes provisiones pero no se ha reconocido pérdida alguna, probablemente porque dotar provisiones  es visto como un ejercicio de prudencia y reconocer pérdidas, en cambio, supone un reflejo de evidentes errores de gestión. En cuanto a confianza se refiere, parece un dato revelador que ni los directivos de los bancos ni sus accionistas significativos hayan aprovechado los precios actuales, aparentemente bajos, para comprar acciones de forma masiva; más aún, cuando han podido elegir la forma de cobrar el dividendo, lo han cobrado en efectivo.

La fusión de cajas ha sido otro gran error. El propio Termes se quejaba en 1997 de la obsesión de los políticos de entonces (también de los directivos de ayer y hoy, añado yo) por el tamaño de las entidades, emulando en ello a sus antecesores socialistas. “Ignoro las razones políticas que puedan aconsejar que el Gobierno recomiende la fusión de bancos españoles; lo que sí sé es que razones económico-financieras no las hay”. Añadía que “la doctrina académica y la observación empírica están de acuerdo en que, en banca, las pretendidas economías de escala se agotan a partir de un tamaño relativamente modesto, para convertirse en des-economías al aumentar la talla”. Terminaba diciendo que “no parece (…) muy afortunada la invitación a la concentración bancaria”. Tony Blair decía: “no seremos los más grandes, y probablemente tampoco los más poderosos, pero podemos ser los mejores”. ¿Tan difícil es de entender? Si uno de los problemas al que nos enfrentamos es el tamaño individual de entidades financieras demasiado grandes como para dejarlas caer, ¿cómo puede ser que se hayan propiciado fusiones masivas, precipitadas, carentes de cualquier análisis financiero serio, de las cajas de ahorro si no es por bastardos intereses políticos? Después del caso Bankia, ¿cómo es que se siguen contemplando? En vez de identificar con claridad y aislar las fuentes de infección (ring-fencing), las fusiones las ocultan, las diluyen y extienden la contaminación.

La ocultación y la dilación han sido graves errores, pero tenemos una última oportunidad de corregirlos. Hay que lidiar ese toro, astifino y mal encarado. En la segunda parte de este artículo mostraré qué soluciones se han dado en aquellos países considerados ejemplares. Juzguen ustedes mismos cuánto difieren de lo que hemos visto aquí hasta el momento.

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