Falacias ecológicas: el cuento del oso polar

Uno de los iconos del actual movimiento ecologista es el oso polar, supuesta víctima del deshielo del Ártico: su imagen, aislado en un pequeñísimo trozo de hielo que parece hundirse, se ha convertido en un eficaz reclamo para sablear al personal. El astuto periodista y político profesional Al Gore ya lo intuyó en su famoso documental Una Verdad Inconveniente, tan plagado de mentiras convenientes que su difusión escolar fue judicialmente condicionada en el Reino Unido; en una escena de dibujos animados, un oso polar se mantenía a duras penas sobre un menguante trocito de hielo solitario en la inmensidad del océano y terminaba ahogándose. Tan burda manipulación fue eficaz en una sociedad tan infantilizada como la nuestra, pero ¿qué dice la ciencia? Desnudemos una nueva falacia del ecologismo.

El oso polar es uno de los grandes depredadores del planeta. Habita regiones inhóspitas en las costas bañadas por el Ártico del norte de Canadá, Alaska y Rusia. De las 19 zonas en que los científicos dividen su hábitat, 18 tocan tierra firme y sólo una incluye exclusivamente el hielo flotante del Ártico. ¿Cuál es su población? Pues bien, el primer dato científico que desmonta la propaganda ecologista es que desde el 2005 se estima que la población de osos polares ha aumentado alrededor de un 30% hasta los 30.000 ejemplares. Sí, la población de oso polar va viento en popa a pesar de la reducción de la superficie del hielo ártico.

Un segundo dato científico refuta la imagen del oso que se ahoga. La mayor distancia recorrida a nado por un oso polar de forma ininterrumpida es de 687 km en nueve días de natación continua (han leído bien: casi 700 kilómetros). De hecho, el nombre científico del oso polar es Ursus Maritimus, u Oso Marino, denominación bastante elocuente. Por tanto, el oso polar es casi un mamífero marino diseñado evolutivamente para no ahogarse.

Con el objeto de evitar caer en la idealización de una especie como hace la propaganda ecologista con sus sucesivas especies-fetiche (el oso panda, las ballenas, los delfines, los osos polares…), conviene estudiar su cadena biológica (depredadores, presas y competidores) para comprender su importancia relativa, que no absoluta. El único depredador del oso polar es el hombre, con lo que la caza ha sido un factor primordial en la evolución de la población de osos a lo largo del tiempo. Sus presas son mamíferos marinos y muy en particular la foca anillada, por lo que la evolución de la población de focas es el segundo factor clave. Por último, los depredadores-competidores del oso polar son la orca y quizá el tiburón de Groenlandia, el animal más longevo de la Tierra (con una vida media de 270 años). Evidentemente, la muerte de un oso polar supone una alegría para la población de focas y de orcas.

Volvamos al inicio. ¿Menos hielo implica menos osos polares? La ciencia dice que es justo al contrario. Sus presas, las elegantes e indefensas focas anilladas, excavan agujeros en el hielo para respirar y los osos polares las atrapan cuando asoman. Cuando el hielo es demasiado grueso para que las focas puedan excavarlo la población de focas disminuye, lo que repercute negativamente sobre la población de osos. El efecto positivo del deshielo es doble. Susan Crockford, profesora durante 35 años de la Universidad de Victoria en British Columbia (Canadá) y experta en mamíferos del Ártico, explica en un estudio significativamente denominado “La Falacia del Ártico” que, contrariamente a las predicciones, “una menor superficie de hielo marino en el verano ha sido una panacea para la población de focas anilladas porque éstas se alimentan sobre todo durante la época libre de hielo”. Cuanto más puedan alimentarse las focas anilladas más se reproducirán “y más crías de focas estarán disponibles para los hambrientos osos polares en la siguiente primavera”. Incluso el moderado incremento en la duración de la temporada libre de hielo en ciertas regiones árticas no ha tenido efectos perniciosos sobre la población de osos: el cambio ha sido gradual “y los osos polares generalmente comen poco durante ese período: si han tenido buena caza, habrán almacenado suficiente grasa para vivir un ayuno veraniego de 2 a 6 meses”. En efecto, los osos ingieren dos tercios de su alimento anual en la primavera, y cuando termina su estación de ayuno pueden haber perdido el 50% de su peso máximo.

La Profesora Crockford critica con dureza la noción de que reducciones en el nivel de hielo son amenazas serias para los mamíferos árticos, noción que se basa en la “insostenible falacia biológica de que bajo condiciones naturales el hielo del Ártico es un hábitat estable, y que la estabilidad del hielo en verano es necesaria para evitar extinciones de especies”. Y concluye manifestando el carácter natural y cíclico de estos cambios. Por favor, lean despacio: “Existe evidencia científica muy bien documentada de que las variaciones por causa natural en la superficie de hielo durante los últimos 60 años han sido profundas y han resultado en reducciones seguidas de aumentos en la población de osos polares y de focas, e investigaciones paleoclimáticas indican que estas fluctuaciones de población animal se han producido de forma similar en los últimos siglos”. Como afortunadamente “los osos polares están prosperando en un mundo que por fin les protege de matanzas indiscriminadas, sus poblaciones son ahora libres de responder a variaciones naturales del hielo de su hábitat y de la provisión de comida como han hecho durante cientos de miles de años”.

Esto es lo que dice la ciencia. Ahora veamos qué hace la propaganda ecologista. Primero diviniza al oso y lo eleva a categoría de animal-fetiche; luego presenta a las madres y a sus crías, tan simpáticas (luego crecen y pierden la simpatía), transformando el maquinal instinto en amoroso sentimiento maternal, ya que el ecologismo siempre procura humanizar al animal y deshumanizar al hombre. Paralelamente, evita a toda costa mostrar al oso matando con frialdad a sus presas (como las indefensas crías de foca anillada) o, en ocasiones, practicando el canibalismo con crías de su misma especie, como el brutal depredador que es. Sin duda, mostrar su inmaculado manto blanco salpicado por la sangre de sus presas horrorizaría al espectador y tumbaría el mito. Y finalmente, una vez divinizado, el ecologismo hace una pirueta e instrumentaliza al oso para hablar del cambio climático. Para lograrlo, filma a los machos justo después de su estación de ayuno, cuando han perdido un 50% de su peso y su piel cuelga como un abrigo que le viene grande, con el objeto de transmitir la imagen engañosa de un oso en peligro de inanición por culpa del CO2 producido por el hombre.

Querido lector: todo esto no es más que un montaje. El oso polar ganó el casting organizado por el ecologismo como protagonista animal de la película de ficción del cambio climático. El guion es una sarta de mentiras, pero el oso merece el Oscar. Si se lo dieron a Al Gore, ¿por qué no al oso?

Fernando del Pino Calvo-Sotelo       

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