Incapacitar a la clase política o mejorar el sistema

“¿Es que no sabes, hijo mío, con cuán escasa inteligencia se gobierna el mundo?” Con la misma paciencia y distanciamiento con que en el año 1648 el conde sueco Axel Oxenstierna escribía estas inmortales palabras en una carta a su hijo debemos analizar nuestra realidad política.

 

                El candidato novato socialista se ha negado a facilitar la investidura del eterno presidente en disfunciones al igual que éste se negó hace unos meses a la investidura del socialista (apoyados ambos por el nuevo, que no novedoso, partido socialdemócrata). Aparentemente, por aquel entonces al presidente no le preocupaba tanto el daño a la imagen del país causado por la repetición de elecciones, quizá porque no era él el candidato a investir. En mi opinión, habría sido tan sano para los intereses de España que hubiera habido alternancia hace seis meses, aunque fuera con un gobierno débil y con una legislatura corta, como que el socialista hubiera dado ahora libertad de voto a sus diputados para facilitar una rápida investidura de la coalición socialdemócrata (para los despistados, PP+C’s), que casi alcanzaba la mayoría necesaria. El mensaje poselectoral del candidato socialista culpando de la posible permanencia en el poder del candidato popular a la abstención leninista de meses atrás era, posiblemente por casualidad, eficaz e inteligente (particularmente con los leninistas noqueados y perplejos), y debería haberlo convertido en un mantra.

 

                Pero más allá de los personalismos de sus líderes (“tendencia a subordinar el interés común a miras personales”), no cabe sorprenderse de la falta de sintonía y entendimiento entre el partido socialdemócrata actualmente en el poder (PP) y el opositor partido socialista: ambos partidos simplemente siguen la tradición. En todas y cada una de las trece votaciones de investidura realizadas desde el comienzo de nuestra democracia siempre ha votado el uno en contra del otro. En doce de las trece legislaturas el gobierno de turno gozó de mayoría absoluta (solo o en compañía de otros), mayoría que aprovechó para legislar a su antojo despreciando casi siempre las propuestas de la oposición y colonizando sin rubor con dóciles correligionarios todas las instituciones del Estado. La oposición protestaba enérgica e hipócritamente ante el rodillo que sufría para, una vez alcanzado el poder, aplicar ese mismo rodillo con cierto deleite vengativo. Por lo tanto, la democracia española ha sido una alternancia de rodillos de ambos partidos donde leyes importantes eran derogadas por la otrora ninguneada oposición en cuanto ésta alcanzaba el poder y donde unas elecciones no sólo suponían una modificación de la composición del Parlamento, sino también un dramático vaciamiento y trasvase de puestos clave de la administración en los que la eficiencia y la seriedad valían menos que la cercanía al partido de turno. Esta tradicional falta de consenso entre ambas formaciones ha sido una de las principales fuentes de inseguridad jurídica que padece nuestro país, mal endémico que de forma casi invisible causa pobreza e injusticia crecientes, y ha alimentado una imagen de insalvable enfrentamiento. Da la inquietante sensación de que nuestra clase política ni acepta la alternancia con naturalidad ni se conforma con la victoria, sino que busca la aniquilación del adversario, “del otro”, para perpetuarse en el poder. Ejemplos de ello han abundado, especialmente bajo los dañinos liderazgos del expresidente sonriente y del actual presidente. Sin ir más lejos, el primero declaró apestado al principal partido de la oposición, un verdadero escándalo democrático, y el segundo facilitó activamente el surgimiento del peligroso partido leninista con el objeto de debilitar a su adversario socialista, creando de paso un monstruo que anulara, a través del voto del miedo, la repulsión que buena parte de los traicionados votantes del PP sentían hacia su propio candidato. No olviden que el incalificable objetivo del actual presidente, por ahora felizmente frustrado, es convertir al aspirante a tirano leninista en líder de la oposición, objetivo, quede claro, absolutamente contrario a los intereses de la nación.

 

                Sin embargo, no debemos centrar el fuego en las personas, por muy evidentes que sean sus limitaciones para todos menos para ellas mismas, sino en los errores del sistema, por muy desapercibidos que puedan pasar para una sociedad adicta al consumo inmediato de noticias irrelevantes. De la actual situación podemos extraer dos lecciones que mejorarían enormemente la calidad de nuestra democracia. En primer lugar, España necesita imperiosamente tres poderes independientes (ejecutivo, legislativo y judicial) y ahora sólo tiene uno. Mientras esta situación continúe, nuestro sistema seguirá degenerando, la corrupción se perpetuará y el desencanto y la frustración del pueblo facilitará la labor de desalmados que tardarían poco en destruir lo que tanto ha costado construir (los desalmados, por cierto, ya están aquí). Necesitamos un poder ejecutivo distinto del legislativo y, en este sentido, las democracias presidencialistas son un buen ejemplo. Una elección directa de presidente en un sistema de dos vueltas hace imposible situaciones como la actual y permite la cohabitación entre partidos de distinto signo posibilitando que los ciudadanos voten a un ejecutivo de un signo y a un parlamento de signo contrario. Además este sistema hace imprescindible el diálogo y el consenso entre las fuerzas políticas y una mayor ecuanimidad en sus decisiones, y probablemente también tenga el efecto colateral beneficioso de reducir la incontinencia legislativa tan propia de nuestros políticos, que confunden gobernar con legislar. En este sentido, el descanso de la tiranía legislativa y regulatoria de los últimos meses está siendo una auténtica bendición. Asimismo necesitamos, cómo no, recuperar la independencia del poder judicial, destruida por el gobierno socialista de 1985 con la absoluta complicidad de todos los gobiernos sucesivos sin excepción. Una sociedad, para pervivir y prosperar, requiere de instituciones fuertes e independientes, de poderes que las respeten (incluyendo el casi desaparecido cuarto poder), de normas que las protejan y de ciudadanos que, conscientes de su importancia, las defiendan con su voto.

 

                En segundo lugar, necesitamos debilitar el caudillismo imperante en nuestros partidos políticos tratando de evitar que, llegado el caso (¿no ha llegado ya?) líderes inadecuados se perpetúen al frente de sus partidos, muchas veces en perjuicio de éstos. Para ello, son armas utilísimas la libertad de voto y el imprescindible voto secreto, la limitación de mandatos en el ejecutivo, en el legislativo y dentro de los propios partidos y la exigencia de dimisiones ante abultados fracasos electorales (PP 2004, 2008; PSOE 2015, 2016) o de investidura.

 

                España se enfrenta a problemas serios y necesita personas serias para afrontarlos. Burke decía que para gobernar hace falta “virtud y sabiduría, demostrada o presupuesta.” ¿Dónde están, la una o la otra? No las veo por ninguna parte.

 

Fernando del Pino Calvo-Sotelo          

 

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