Sobre el leninismo de ayer y de hoy

Como basura reciclada, el leninismo ha reaparecido en nuestro país de la mano del nuevo partido Made in Venezuela. Producto de la crisis económica, de la corrupción y de la escasa cultura política, ha medrado gracias a las suicidas alianzas de un socialismo paralizado y perplejo y al protector fuego de cobertura mediático e institucional que irresponsablemente le ha brindado el partido en el gobierno. En esta situación, parece oportuno hacer un breve repaso de la historia de Lenin.

Cabecilla del golpe de Estado que en la Rusia de 1917 derribó al gobierno republicano provisional del socialista Kerensky (el zar había abdicado ocho meses antes), Lenin aceptó realizar elecciones pero, al obtener sólo un 24% de los votos, cerró el Parlamento, disolvió la Asamblea y permaneció como dictador absoluto hasta poco antes de su prematura muerte, acontecida en 1924. Sólo gracias a la ayuda del gobierno alemán (que buscaba la desestabilización de su enemigo Rusia) pudo Lenin organizar el partido bolchevique y regresar a su país desde su exilio en la confortable Suiza. El historiador polaco-norteamericano Richard Pipes, profesor emérito de Harvard y posiblemente el mayor experto del mundo en la Unión Soviética, explica que el gobierno alemán “le adelantó dinero con el que reconstruir su partido una vez en Rusia”. A Lenin “no le preocupaba de dónde venía el dinero en tanto sirviera a sus propósitos” (si cambian Alemania por Venezuela, ¿les resulta familiar la historia?).

El comunismo, pues, no llegó a Rusia como resultado de una revuelta popular, sino a través de un golpe de Estado de una pequeña minoría financiada por un país extranjero, muy bien organizada y “que se ocultaba detrás de eslóganes democráticos” (igual que hacen los leninistas de hoy). Lenin escogió un eslogan eficaz que ocultara sus verdaderas intenciones: “paz, pan y tierra” (hoy éstos hablan de desahucios, casta y corrupción). Su objetivo real, sin embargo, era, en sus propias palabras, “un poder que no está limitado por nada, por ninguna ley, que no está restringido absolutamente por ninguna regla, que se apoya directamente en la coacción”. Según Pipes, Lenin “estaba totalmente dispuesto a recurrir al terror ilimitado para destruir a sus oponentes y acobardar a la población”. Su arma predilecta fue la violencia total y despiadada (adjetivo que usaba constantemente) y la utilizó sin ambages desde el primer día “tras abolir todos los procedimientos jurídicos y traspasar la justicia a tribunales revolucionarios”. De hecho, los malos pasaron a ser los buenos: como aclara Anne Applebaum, periodista e historiadora ganadora del Pulitzer por su obra “Gulag”, Lenin “era ambivalente con respecto a la reclusión y el castigo de los delincuentes comunes (ladrones, asesinos), a quienes percibía como aliados potenciales” (¿entienden ahora la ambigüedad o incluso la defensa que hace el leninismo español de antisistema violentos o de terroristas?). En 1918 el propio Lenin afirmaba rotundo que negarse al uso de las armas era tan poco marxista como negarse al uso de la violencia: “cuando nos reprochan nuestra crueldad, a veces me pregunto cómo puede la gente olvidar el marxismo más elemental”. Como consecuencia de la colectivización agraria, coactiva y sangrienta (Lenin instruía por escrito que había que colgar a los campesinos más hacendados “para que la gente lo vea”), las cosechas de cereales cayeron un 40% y se generó una hambruna que causó la muerte de 5 millones de personas. Lenin, lejos de intentar paliarla, permitió la hambruna al considerarla “una oportunidad única” de apropiarse los bienes de la Iglesia ortodoxa con el pretexto de utilizarlas para alimentar a los hambrientos. Sin embargo, los bienes así confiscados no se destinaron a aliviar el hambre, sino a financiar la actividad bolchevique. El propio Lenin lo detallaba con su frialdad característica: “Es precisamente ahora, mientras en las regiones hambrientas la gente está comiendo carne humana y miles de cadáveres invaden las calles, cuando podemos llevar a cabo la confiscación de los bienes de la Iglesia con la más salvaje y despiadada energía con el fin de procurarnos un fondo de varios cientos de millones de rublos”. Estallaron huelgas a gran escala que Lenin aplastó con los medios más brutales, incluyendo la utilización de armas químicas (contra sus propios conciudadanos). El fino retrato psicológico que de Lenin hace Pipes es el retrato de un psicópata para quien “el sufrimiento humano no significaba nada” y que aceptaba con total naturalidad el asesinato en masa como hecho necesario para la revolución. “Su característica fundamental era el odio, y su pasión, destruir”. En tan solo tres años, sus políticas económicas destruyeron la economía rusa, doblaron el paro e hicieron caer la producción industrial un 80%, una calamidad sin precedentes que condenó al pueblo ruso a la miseria. Por último, cabe añadir que Lenin fue el inventor de los campos de concentración (Gulag), desarrollados masivamente por Stalin (y, más tarde, por Hitler).

Según el historiador especializado en genocidios R.J. Rummel, Lenin fue el responsable de unas 3 millones de muertes en un período de 5 años (incluyendo las 800.000 personas ejecutadas durante el llamado Terror Rojo), sin contar las víctimas de la guerra civil rusa. Stalin, su pupilo preferido y sucesor, continuó la obra de su maestro asesinando a entre 25 y 40 millones de rusos en los siguientes treinta años de dictadura. Estas escalofriantes cifras, sin parangón en la historia de la humanidad, muestran que las dos figuras claves del genocidio comunista soviético actuaron sin solución de continuidad. El filósofo francés Jean-François Revel lo entendió perfectamente: “se ha de reconocer que el estalinismo no es más que leninismo, ya que el piadoso mito de un Lenin traicionado por Stalin no resiste el examen de la carrera política de Lenin”. Molotov, quien trabajó de cerca con ambos dictadores, preguntado décadas después sobre cuál de los dos era más severo contestaba: “Lenin, sin duda. Yo fui testigo de cómo Lenin reprochaba a Stalin su blandura”. De hecho, el premio Nobel de Literatura Alexandr Solzhenitsyn, defensor de los derechos humanos, enviado a Siberia y superviviente del Gulag, comparaba abiertamente a Lenin con Hitler. A pesar de ello, Lenin se ha beneficiado históricamente de la astuta maniobra propagandística del sucesor de Stalin, Kruschev, quien en 1956, considerando políticamente oportuno denunciar la inconcebible magnitud de los crímenes del estalinismo, reinventó la figura de un Lenin inexistente, amable e idealista que se pudiera contraponer al (ahora) carnicero Stalin, evitando así que la revolución soviética quedara huérfana para conservar la legitimación del régimen.

Ya conocen a Lenin. Pues bien: el cabecilla del actual partido leninista español, a quien un conocido comunista alaba por ser el “adaptador de Lenin a las circunstancias actuales”, idolatra al genocida ruso, su maestro, a quien llama cariñosamente “ese calvo que era una mente prodigiosa”. El silenciado ex ideólogo de su partido utiliza un oxímoron para resumir su ideología: “somos un leninismo amable”. O sea, un cáncer saludable. Es decir: la tiranía y la cartilla de racionamiento. La destrucción de España. Quede claro.

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

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