¿Todavía anclados en la guerra?

La alcaldesa comunista de Madrid, rodeada por sus compinches leninistas, anda poniendo y quitando cartelitos como si el futuro de la galaxia dependiera de ello. Su acción no es baladí, puesto que pone de manifiesto, de nuevo, la extraña patología del odio y el rencor de que adolece la izquierda radical de nuestro país, raro espécimen en Europa, obsesionada por acontecimientos ocurridos hace casi un siglo. Para que se hagan una idea, la guerra civil española se encuentra tan alejada del 2016 como lo estaba la Guerra de Cuba  y la pérdida del Imperio (1898) del momento en que Felipe González obtuvo la primera victoria socialista en 1982.

 

Es cierto que, además de los caídos en combate, en la guerra civil se produjeron horribles asesinatos en ambos lados. Las estimaciones manejadas por los más serios historiadores (Salas, Payne, Tuñón de Lara, Thomas, etc…) muestran que los “republicanos” asesinaron a entre 60.000 y 75.000 personas, incluyendo el genocidio católico: casi 7.000 sacerdotes, religiosos y monjas, muchos de ellos sádicamente torturados antes de ser asesinados (según el historiador británico Hugh Thomas, “en ninguna época de la historia de Europa, y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión”). En el otro bando, los llamados  “nacionales” asesinaron a entre 35.000 y 50.000 personas. Además, especialmente en los 5 o 6 años posteriores a la guerra, entre 25.000 y 30.000 personas fueron, previo juicio, condenadas a muerte y ajusticiadas dentro de la represión judicial realizada por los vencedores. En definitiva: un horror. A las víctimas inocentes de un bando se les hizo justicia; a las del otro, no. Pero como bien escribió un historiador español, “todos tenemos mucho de qué avergonzarnos y muy poco que reprocharnos”. El hecho de que la izquierda radical siga alimentando rencores como si no hubieran transcurrido 80 años, como si los republicanos no hubieran cometido atrocidad alguna y como si los responsables del otro bando aún continuaran vivos pertenece desde hace tiempo al campo de la psiquiatría.

 

Asimismo, durante años se ha querido sostener el mito de que la II República fue un maravilloso período democrático de libertad, paz y progreso bruscamente interrumpido. La realidad es que no lo fue, ni muchísimo menos. A las pocas semanas de instaurarse el nuevo régimen (1931), una ola de violencia anticatólica produjo la quema de más de cien conventos e iglesias en toda España y varias muertes. El gobierno de izquierdas permitió los desórdenes y se negó a que las fuerzas del orden intervinieran. En 1933 se celebraron nuevas elecciones y la izquierda perdió el poder. No aceptando el resultado, parte de la izquierda (unida al separatismo catalán) decidió intentar derribar el sistema democrático en la llamada Revolución de Asturias (1934), donde se produjeron 1.400 muertos. Dicho golpe de Estado revolucionario fracasó gracias a la intervención del ejército. A principios de 1936 hubo nuevas elecciones y las izquierdas recuperaron el poder. El 13 de julio de ese año, antes de la guerra y en plena “normalidad” de la “legitimidad republicana”, un grupo de más de una docena de guardias de asalto (policías), dirigido por sendos escoltas de dos dirigentes socialistas, acudió al domicilio del jefe de la oposición monárquica, el parlamentario José Calvo-Sotelo (a la sazón, mi tío abuelo). Llegaron en una camioneta policial, se identificaron ante los vigilantes que custodiaban el edificio, subieron las escaleras, amenazaron con echar la puerta abajo si no se les abría y se llevaron al diputado con la excusa de un interrogatorio. Ni la inviolabilidad del domicilio (en ausencia de orden judicial) ni la inmunidad parlamentaria tuvieron valor alguno, porque en la II República ya no existía ni el derecho ni la ley: Calvo-Sotelo apenas tuvo tiempo de despedirse de su mujer y de sus cuatro hijos pequeños antes de que lo montaran en el coche policial. Un par de manzanas más adelante le descerrajaron dos tiros en la nuca dentro del propio coche. Según el historiador norteamericano Stanley Payne, “ver al portavoz de la oposición en las Cortes primero secuestrado y luego asesinado por la policía es un crimen sin precedentes en los sistemas parlamentarios occidentales”. Quizá lo más elocuente de este magnicidio, realizado con nocturnidad y alevosía dentro de la “normalidad” de un régimen supuestamente democrático, es que fuera cometido a cara descubierta  por policías uniformados, perfectamente identificables y con multitud de testigos: la confianza de los asesinos en la absoluta impunidad de su acción era total, y con razón. ¿Cuál fue la reacción del gobierno de la República? Encubrir a los responsables. No es descabellado creer, por tanto, que aquello fuera un crimen planificado para provocar una reacción que justificara la revolución, continuación de la de Asturias, pero esta vez realizada desde el poder. De hecho, en opinión de Winston Churchill lo que había en la España de 1936 era “una revolución comunista en marcha”. ¿Cómo podemos reivindicar un período en el que no hubo ni libertad (había censura previa en la prensa, se encarceló a directores de periódico y el ABC llegó a estar suspendido más de tres meses), ni paz (hubo una revolución izquierdista sangrienta, los desórdenes, tiroteos y violencia callejera fueron habituales y el gobierno no defendía la ley) ni progreso (la renta per cápita era inferior en 1936 de lo que había sido en 1931 y el paro aumentó cada año)? Resulta incomprensible que el mismo socialismo que en los años 80 jamás miró hacia atrás y gobernó, con sus aciertos y sus errores, como un partido socialdemócrata moderno, retroceda ahora en el tiempo con leyes como la de Memoria Histórica (Zapatero-Rajoy) y quiera declararse heredero de una izquierda que en aquel entonces era mucho más totalitaria que democrática.

 

Debo añadir que en aquel tiempo también hubo bonitos ejemplos de fraternidad entre españoles de ideologías opuestas. Déjenme que les cuente un caso real. Mi abuelo Fernando del Pino, ingeniero de la RENFE, conservador y católico, se vio obligado a  permanecer en el Madrid “rojo” durante toda la guerra separado de su mujer e hijos. Sobrevivió a dos detenciones. En una de ellas, en la que creyó llegado su final, fue rescatado de prisión in extremis por el portero de su casa, D. Mariano Villaplana, socialista de toda la vida que portaba con orgullo su carnet de la UGT del año 1907 y que respondió con vehemencia del “camarada” Del Pino ante los milicianos. Casi al final de la guerra y para combatir el hambre, don Mariano encontró trabajo como repartidor de víveres  en el siniestro Servicio de Información Militar (SIM), una especie de Gestapo comunista creada a iniciativa del KGB soviético (entonces NKVD) que se dedicaba a detener, torturar y hacer desaparecer a los elementos “subversivos”. Cuando las tropas vencedoras entraron en Madrid, haber sido miembro del SIM equivalía a una condena a muerte. Don Mariano fue encarcelado a la espera de su ejecución a pesar de que jamás había participado en acto violento alguno. Pues bien, en aquel momento fue mi abuelo quien con no pocos esfuerzos logró que se conmutara su pena de muerte. Puesto en libertad al cabo de cierto tiempo, cuando D. Mariano regresó en tren a Madrid desde la cárcel, en el andén le esperaba mi abuelo para llevarle de nuevo a su portería.

 

Durante 40 años la dictadura franquista contó su punto de vista sesgado de la historia, y durante los siguientes 40 años, una vez recuperada la libertad política, el pensamiento socialdemócrata políticamente correcto ha contado su punto de vista igualmente sesgado. Creo sinceramente que ya se han contado suficientes trolas. La verdad siempre nos hace más libres: aceptemos la verdad de nuestra historia, aprendamos sus lecciones y dirijámonos juntos hacia un futuro mejor. Ya es hora.

 

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

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