Entre socialistas anda el juego

España es diferente. En las elecciones de diciembre no competirán, como en otros países, un partido conservador o liberal contra otro socialdemócrata. No, hombre, no. En las próximas elecciones concurrirán dos partidos socialdemócratas, un partido socialista, otro populista-leninista, un partido comunista  y al menos cinco partidos independentistas. En solitario o en alegre combinación, esta panda no augura nada prometedor.

Comienzo por los menos representativos. Los comunistas de siempre parecen estar resurgiendo después de haber sido despreciados con sadismo por los siniestros populistas-leninistas. Éstos últimos, en un giro de los acontecimientos, aparentan estar cayendo con fuerza afectados de envejecimiento prematuro, abandonados por sus traicionadas bases. El partido populista-leninista, plagado de personajes bien raritos admiradores del régimen más corrupto del mundo (donde además la policía dispara a los manifestantes, los opositores son encarcelados mediante pantomimas de procesos legales y el desabastecimiento y la escasez son habituales), es una amenaza real para el sistema de libertades de España, único país de Europa donde el populismo rebusca en el estercolero de la Historia para recuperar, entre los excrementos, la hoz y el martillo, oxidada y aún pringosa por la sangre reseca de todas sus víctimas.

El partido naranja, liderado por el campeón juvenil de debate, ha tenido un gran éxito en las elecciones catalanas y es justo agradecerle que haya sabido aglutinar el legítimo voto descontento alrededor de una opción pacífica, civilizada y normal, evitando el monopolio que hasta entonces, a falta de otra cosa, ejercía el partido leninista. Sin embargo, da la sensación de que como raspemos o lijemos un poquito nos quedamos sin madera, esto es, de que nos encontramos ante un soplo de aire fresco que es poco más que eso. El campeón juvenil, además, se ha rodeado de personas procedentes de la academia y la administración tan sobrados de ambición como faltos de modestia y, cómo no, socialdemócratas impenitentes  que no comprenden el proceso generador de riqueza, se creen con derecho a indicar a los ciudadanos qué tienen que hacer con su dinero honradamente ganado y sólo piensan en subir aún más los impuestos.

El único partido socialista que abiertamente reconoce serlo es el del puño, la rosa y las espinas, el de los 100 años de mala memoria. Después del destrozo causado por el expresidente sonriente, de infausto recuerdo, el actual candidato novato está frustrando las expectativas de quienes creían que abordaría con seriedad la tarea reformadora que la inacción del actual gobierno había dejado huérfana (una Justicia independiente y rápida, cirugía para el cáncer autonómico que nos devora, lucha seria contra la corrupción, seguridad jurídica, etc…). O que prometería liberar a las instituciones del Estado de la destructiva esclavitud de la injerencia política. Pues no. Al candidato novato le ha faltado tiempo para subir al desván de los recuerdos y abrir el herrumbroso baúl de los extraños odios que su partido conserva desde hace un siglo y que, al parecer, atrae fatal y patológicamente a una parte de la izquierda española. Arrodillado ante este fetiche, ha desempolvado una vez más el odio a la religión católica (al Islam, en cambio, carta blanca), a la familia y al rico, y vomita de nuevo los fantasmas de la Guerra Civil. ¡Qué vergüenza! En vez de aprovechar las personas sensatas, serias y de peso que aún militan en su partido, ha escogido el sendero de la más insufrible de las levedades. En un año como sonriente candidato (un inquietante déjà vu), no le hemos oído una sola idea reformadora que merezca tal nombre, habiendo perdido por el  momento  una oportunidad de oro de convertirse en una alternativa mínimamente seria.

Por último nos encontramos con el partido en el gobierno, socialdemócrata en todo salvo en sus siglas, el mismo que ha desaprovechado de forma escandalosa la mayor oportunidad en décadas de transformar y regenerar nuestro país. Su candidato, el actual presidente ausente, es la única persona de su partido, del país e incluso de la galaxia que no tiene la absoluta certeza de ser el peor candidato posible. Con escaso carisma y muy mediocre historial de resultados electorales, ha destruido toda su credibilidad tras haber incumplido sistemáticamente todas y cada una de sus promesas y haber mandado fuertes abrazos a quien no debía. Además, ha dejado su partido como un páramo de Soria, eliminando a posibles competidores y vaciándolo de contenido ideológico hasta transformarlo en una amorfa amalgama de personas que sólo se agrupan con el objeto de poder satisfacer sus ambiciones políticas bajo unas siglas vacías ya de sentido, marca o identidad. Una pena. ¡Con lo fácil que lo tenía este partido con cualquier otro candidato! Con todo, el presidente ausente espera ahora su última oportunidad, esto es, que los independentistas catalanes  le regalen la “guerra” (en sentido figurado) que en vísperas electorales desea todo gobernante que quiera distraer a su pueblo de sus miserias cotidianas. En su búsqueda de un enemigo exterior, el partido en el gobierno y los insurrectos entran en simbiosis en un enfrentamiento que les conviene a ambos: cuanto mayor dureza tenga la respuesta del gobierno central al órdago catalán, mejor les irá a los dos. Convertido en Cataluña en una opción residual sin nada que perder, el partido en el gobierno puede sacar rédito en el resto de España a una posición de tardía firmeza frente a un problema que ha generado, con razón, hartazgo generalizado. Pase lo que pase en las elecciones, parece claro que el presidente ausente se mantendrá aferrado a su cargo: siempre he sospechado que quiere extender la edad de jubilación para poder mantenerse más años al frente de su partido.

Este Gobierno heredó una situación muy complicada que posiblemente le venía grande, pero también ha contado con valiosas ayudas: el rescate financiero, la caída de la prima de riesgo lograda por el Banco Central Europeo (en España, Italia, Portugal, etc…), el reciente abaratamiento del petróleo o el empuje de un tímido ciclo alcista mundial. Con todo ello, el Gobierno ha incumplido los objetivos de déficit todos los años de la legislatura y ha aumentado la deuda pública en más de un 30% del PIB llevándola a un récord histórico. Y a pesar de la propaganda, a fecha de hoy sigue habiendo menos afiliados a la Seguridad Social que los que había hace cuatro años. Muchas medidas de este Gobierno han apuntado en la dirección correcta, pero han sido realizadas con tanta tibieza como escasa convicción. Así, se han hecho expertos en realizar mini reformitas que cumplieran estéticamente con las demandas europeas sin abordar los grandes problemas estructurales del país (mini reformita laboral, mini reformita de la administración, nano reformita de transparencia…y macro subida de impuestos). Ahora, descompuestos y sin pudor, organizan peleas de gallos en público, se sienten incomprendidos y se lamentan amargamente porque, según ellos, el país no ha valorado su labor, lo que generalmente suele ser síntoma de la pérdida de realidad atribuible a la típica enajenación causada por el poder político. Vaya panorama.

Fernando del Pino Calvo-Sotelo     

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